Érase una mujer a una maleta pegada. Vivir en el extranjero siempre tiene su aquel. Compartir experiencias, aprender nuevas lenguas, afrontar nuevos retos. Pero si eres azafata y encima vives en otro país, la cosa se complica. Porque dependiendo del hotel de la ciudad donde te levantes, los obstáculos colaterales al choque cultural se acentuarán más o menos.

Las azafatas siempre, siempre, siempre, están contentas y nunca, nunca, nunca, tienen un mal día. Lidian con una media de 400 personas diarias con una sonrisa Profident incapaz de delatar una mala noche, un dolor de tripa o un cansancio extremo.

Ya vivan en Londres, Abu Dhabi, París, Nueva York o Japón, el cliente siempre lleva la razón. Si van con tiempo, porque llegan antes. Si van con retraso, porque aterrizan tarde.

El jet lag no existe, son los padres. Así que con la mejor de sus sonrisas acomodan, sin más dilación, a los 150 pasajeros con rumbo a un horario normal que les devuelva a los días con luz y a las noches sin ella.

Tienen el don de la ubicuidad. Son capaces de desayunar huevos con beicon en Edimburgo, merendar papas con mojo en Lanzarote, y cenar, reventadas, una pizza en Roma.Son capaces de vivir en Jerez de la Frontera, pero trabajar en Londres, porque las compañías low cost han democratizado tanto los billetes de avión que sale más barato eso, que vivir cerca del aeropuerto de Heathrow

Es por eso que poseen varias cuentas de banco de diferentes divisas, al menos dos cartillas de la Seguridad Social, un mínimo de tres tarjetas de móvil, y tienen geolocalizados estratégicamente sus pijamas, cremas y cepillos de dientes que reparten por doquier en cada una de sus paradas técnicas.

Son personas todoterreno que se ven capaces de conducir allá donde vayan. No es de extrañar que se metan en las rotondas de alguna ciudad inglesa por el otro lado. Que se vean obligadas a salir del coche y rodearlo para introducir la tarjeta del parking porque su volante está al otro lado.

Las azafatas son también Mary Poppins. No sólo porque vuelan, sino porque de sus maletines mágicos salen desde chanclas de playa a forros polares. Ellas, que se levantaron en Gibraltar comprando tabaco y perfume barato, van a dormir en Oslo, donde proveerse de salmón y arenques.

Las azafatas hablan muchos idiomas pero es sin duda la comunicación no verbal la llave la que les abrirá las puertas del Olimpo. El lenguaje no verbal es esencial, porque todo -absolutamente todo- comunica. Las azafatas que, aparte de idiomas, saben mucho de psicología, conocen por qué un pasajero ataviado con enormes gafas de sol y equipamiento multimarca aspaviente tanto las manos mientras entra en cólera: sin duda ese señor es habitante de la península Itálica y está muy cabreado porque sus mozzarellas de búfala se quedan en tierra por no poder pasar por el control de seguridad.

Con la multiculturalidad no se nace, se hace. Es un continuo esfuerzo basado en el ensayo-error. Ser abierto de mente, conocer las costumbres, usos y disfrutes de otros países, y respirar hondo tres veces, son las herramientas necesarias para no abrir una puerta armada con un tobogán hinchable anunciando por megafonía el “parad el mundo que me quiero bajar”.

Las azafatas no son teólogas, pero saben mucho de religión. En uniforme es difícil saber cuál de ellas profesan, pero se mueven a la perfección en momentos tan importantes como Ramadán, Hanukka, Diwali o Semana Santa. Tampoco son cocineras, pero sus trucos gourmet les ayudan a emplatar menús sin pestañear. Con su gran atención y mano izquierda, nunca ofrecerán ternera a un hindú, halal a un judío, kosher a un cristiano, ni jamón a un musulmán.

Las azafatas, que son muy discretas, no se asombran cuando en un vuelo procedente del Reino Unido a las 6 de la mañana sirven más cervezas que cafés. Tampoco pestañean cuando un judío ortodoxo envuelve su cuerpo en una bolsa de plástico durante el vuelo. No se extrañan cuando, de mala gana, les devuelvan la mermelada porque no es confitura y al revés. Ni siquiera emitirán un leve suspiro cuando, en un vuelo a Niza, con gran mayoría de pasaje ruso, hay que beber champán, por narices, aunque esté caliente y no haya copas de cristal.

Las azafatas, como los yoguis, saben que con una sonrisa se llega al fin del mundo. Por eso muestran un rictus hierático cuando la pasajera de la salida de emergencia se niega a dejar su bolso de marca carísimo en el compartimiento superior. Saben que, antes o después, y tal como rezan las normativas de seguridad aérea, tendrá que colocarlo en el compartimento superior, así  que se negará a molestar  al supervisor para que lo haga. Al final la pasajera accede a separarse de su bolso de mano durante los diez minutos que dura la fase de despegue. La azafata, impasible y sonriente recuerda amablemente a la pasajera que Louis Vuitton se escribe con doble té, no como su bolso.

Las azafatas saben que las mascarillas anticontaminación, los velos, los turbantes, las cruces, los tirabuzones, las chilabas, los hijab, los kipá, son sólo atrezo, porque cuando una masa de aire frío entra en contacto con una masa de aire caliente y el avión se mueve como el tambor de una lavadora, todos se agarran fuertemente aturdidos y miran a las azafatas fijamente y saben, gracias a su sempiterna sonrisa, que nada malo va a pasarles.

 

Esther Toyos es azafata, vive en Lyon (Francia), es autora del blog Estherismo Colectivo y ha usado la forma femenina para referirse a las azafatas porque es una profesión mayoritariamente femenina y porque se siente “más cómoda”, según ha confesado en declaraciones políticamente incorrectas a 0034.