A nuestro alrededor hay personas que nos dicen que disfrutamos “de cualquier cosa y de cada momento” y que nos envidian por ello (aunque también creemos que nos miran con cara de que somos unos yupis). Pero es así porque tenemos el don de la hiperconciencia del punto y final: no sabemos cuándo se repetirá. Por ejemplo: estamos con la familia y no sabemos cuándo volveremos a verla (pero sí que sabemos lo que es echarla de menos).
No contamos el tiempo por años, sino por etapas (la de China, la de Berlín, la de…). Nos gustaría establecernos en un sitio pero a la vez esa idea nos da repelús. La realidad es que nos acabamos liando y volvemos a embarcarnos en nuevas etapas y cuando acumulamos unos cuantas, aprendemos a vivir cada día como si fuera el último (porque llevamos grabados en la memoria muchos últimos días). Somos hiperrealistas, pero no al estilo del Realismo Sucio de Fante o Bukowski, sino más como la Nueva Sinceridad de David Foster Wallace: contra la ironía destructora y a favor de los sentimientos genuinos no ridiculizados. Sabemos que probablemente nada es para siempre y por eso tratamos de aprovechar lo que sea que nos llegue y cuando nos llegue.
No es que seamos unos entusiastas cansinos (aunque de esos los hay en todas partes) pero sin quererlo abrazamos lo que nos viene, aunque no sepamos dónde vaya, de qué se trata exactamente ni cuánto durará. A ver, expliquémonos, no llevamos unicornios tatuados y Phoebe de “Friends” nos parece un poco plasta, simplemente somos positivos y sabemos disfrutar (algo que no todo el mundo sabe hacer, pero que hemos comprobado que se puede aprender sin necesidad de leer libros de autoayuda, simplemente viviendo).
tren
Suponemos que -desde fuera- las personas que no están en nuestra misma situación nos ven como unos locos, con un petardo en el culo y demasiado proactivos. A nosotros no nos hagáis perder el tiempo porque en cinco minutos montamos un plan o nos adaptamos al que haya; no juguéis con nuestra ilusión. En cierta manera tienen razón con lo de nuestra enfermedad de ser fans de casi todo, pero tiene una explicación: Hemos visto cómo no hemos coincidido lo suficiente con personas importantes, nos hemos perdido momentos cruciales, nos quedaron por hacer muchas rutas para conocer aquella región, sabemos lo que es tener problemas de familia y de salud… y hemos visto cómo nuestros planes vitales han cambiado de un día para otro. Somos agradecidos cuando volvemos a nuestra casa porque no siempre hemos comido tan bien, ni siempre hemos sentido que donde vivíamos era nuestro hogar. A veces nos hemos encontrado solos y hemos tenido bajones que nos han durado más de la cuenta.
Viviendo tanto y tan rápido, hemos aprendido mucho sobre nosotros mismos y sobre la vida como extranjeros, y por eso hemos alcanzado ese nivel de madurez de divorciado que nos anima a aprovechar cada momento. Aunque suene a topicazo, nos sentimos afortunados de cada cosa que tenemos y también de saber que no es eterna, para disfrutarla sin cuestionarla. Planes, personas, trabajo y lugares. Nos dejamos fascinar por ellos, nos sumergimos sin miedo a quedarnos sin oxígeno por exceso de emoción, sin que la decepción nos parezca una consecuencia a tener en cuenta. Nosotros hacemos… y luego ya lo procesaremos. Sabemos que nos todos son como nosotros, así que no podemos pretender que el resto del mundo viva con esta intensidad (cosa que hemos aprendido por el camino).
A veces -sólo a veces- pasa todo lo contrario: la hiperconciencia de la caducidad hace que no nos esforcemos por cosas/personas/lugares que sabemos temporales. El ejemplo claro es cuando nos  presentan a alguien que va a estar un mes en nuestra ciudad y casi ni escuchamos su nombre cuando nos lo presentan, porque sabemos que es demasiado esfuerzo para tanta fugacidad. Pero ya se sabe que algunas estrellas son fugaces, así que puestos a decantarnos por una opción (ilusión versus cansancio), nos quedamos por la primera aún a riesgo de pasar por locos o… por estrellas fugaces.