Hay algo maravilloso de vivir en el extranjero. Es una sensación que tenemos muchos de los que hemos cambiado varias veces de casa y hemos hecho de diferentes ciudades del mundo nuestro hogar, aunque solo fuese por una temporada.

Vivir en el extranjero hace que cada día sea un nuevo reto. El tiempo pasa a tener una dimensión diferente y todo se hace más inmediato. Los días pasan muy rápidos pero a la vez muy lentos. Todo se intensifica y de repente cada día se vuelve mucho más significativo. Vivir en el extranjero nos ayuda a ser más conscientes del aquí y ahora. Sí, sí, no estoy delirando.

Como todo lo que nos rodea es más o menos ‘nuevo’, todavía no nos hemos acostumbrado del todo a nuestro entorno, las caras son mucho menos conocidas que en España y todo es mucho menos familiar, lo que hace que veamos las cosas con una mirada mucho más fresca y mucho más presente. Un poco estamos como niños, que vamos descubriendo cosas nuevas cada día y haciéndonos muchas más preguntas que en nuestra ciudad de origen.

Las jornadas se vuelven intensas y muchas de ellas están teñidas de esa frescura que nos recuerda a nuestra infancia, cuando vivíamos mucho más en el presente, maravillándonos de todo lo que pasaba delante nuestro, sin estar viviendo tanto en ‘ese futuro que ya llegará’, ‘esa persona que algún día llegaré a ser’, ‘esa meta que en algún momento lograré’. Cuando vives en el extranjero, estás allí, viviendo tu jornada con más consciencia y enfrentando los retos de estar solo en un entorno desconocido.

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Sobre todo el primer año (luego, como siempre, uno se acostumbra a todo), te sientes agotado por tanto cambio, por tanto derroche de energía, pero a la vez todo ese desgaste inicial acaba por hacerte sentir mucho más fuerte. Llega un momento que sientes dentro de tu pecho una sensación de fortaleza y de presencia que ya nunca quieres abandonar. Te acostumbras a esa mirada fresca, a poner mucha más atención en todo lo que está ocurriendo delante de tu ojos y luego ya no hay vuelta atrás. Ya nunca quieres dejar de tener esa mirada de curiosidad cada día de tu vida.

Por eso te maravilla vivir en el extranjero. Porque te hace volver a vivir la vida en el presente. Cada día es una aventura nueva. Las circunstancias tan cambiantes te obligan a ser creativo en cada momento, y esto nos hace sentirnos más vivos

Y eso tiene un lado negativo: cuando vuelves a España y estás una temporada, te da la sensación de que los días se te vuelven a hacer largos y muchos de ellos los vives como si no los hubieses vivido. Siempre estás pensando en ese viaje que harás, en aquel lugar al que irás o en eso que conseguirás, en vez de vivir intensamente cada día como hacías en el extranjero. Y cuando digo ‘intensamente’ no me refiero a hacer locuras o tonterías, me refiero a estar, escuchar lo que tienes delante de ti,  y aprender de cada cosa que te ocurre, por insignificante que sea.

En España notas que dejas de vivir en el presente. Quizá por eso muchos de los que hemos vivido fuera somos ‘adictos’ a vivir en el extranjero. En mi opinión (y sin querer sentenciar consejos), creo que la clave está en transformar esta manera de vivir y adoptarla dentro de nosotros, independientemente del lugar en el que estemos viviendo. Es cuestión de convertir a nuestro ‘yo del extranjero’ en una actitud, en una manera de vivir la vida mucho más grata y significativa.