Bruselas es una pequeña ciudad llena de contrastes, de multiculturalidad y de un ritmo frenético. Bruselas es una ciudad llena de encanto, que te lo da y te lo quita todo. La vida como expatriada allí es intensa: nadie se queda para siempre, los amigos vienen y van, los belgas tardan en ofrecerte su amistad y todo está sujeto a cambios. A veces cuesta adaptarse a su clima y a la sensación de constante de movimiento. Aprendes mucho sobre la velocidad de las cosas y también sobre su caducidad, al menos así lo hice yo durante el año que viví allí. Como telón de fondo, a un lado, la vida burocrática, política y frenética de las instituciones de la UE y miles de emigrantes intentando hacerse una carrera en la burbuja europea. Y al otro lado, la sociedad belga, rica y compleja como la que más, con su enorme mezcla de culturas e idiomas.

Muchos españoles han sentido de cerca este ataque, ya que en la capital europea hay y ha habido muchos españoles viviendo, que se suman a la enorme comunidad internacional. Es una de esas ciudades en las que conoces a gente de todas las partes del mundo casi a diario; en sus cafés, sus plazas o incluso en sus metros

Pero esta mañana, de golpe, el ritmo de pasillos, entregas, desayunos de trabajo, de bicicletas, de transporte público, de maletas y de lucha diaria se ha detenido. Hemos despertado con las terribles imágenes del aeropuerto de Zaventem y con las del metro de Maelbeek, tan cercano a mi antigua casa y a mi antiguo trabajo en la zona de Schuman, donde se encuentran varias instituciones europeas. En seguida Facebook y WhatsApp me han tranquilizado al comprobar que todos mis amigos y conocidos estaban a salvo. Las redes sociales se llenan de imágenes: hoy Tintín llora y el Manneken Pis se hace “pis” encima de una ametralladora en símbolo de protesta. Así responden los belgas y todos los emigrantes que, viviendo en esa ciudad, la sienten como suya

Es curioso: justo ayer, una amiga me contaba que, desde Barcelona, acababa de hablar con su amiga siria, que hace meses que huyó de su país y está pidiendo asilo en Finlandia. Vive a la eterna espera de una tercera entrevista con las autoridades para que le den estatus de refugiada y la acojan, aunque sospecha que ni si quiera ellas se han puesto de acuerdo en qué implicaría eso. Ambas mantuvieron una conversación por el chat de Facebook Messenger y compartieron su incomprensión: ¿Cómo puede ser que haya tantas personas en condiciones infrahumanas durante tanto tiempo y que Europa no se responda ante la llamada de socorro. La chica siria le contaba a mi amiga que -en parte- entendía que los europeos tuvieran miedo de la ola de refugiados por las cosas “horribles” que habían pasado en los últimos meses en Europa por culpa de terroristas. Justamente hablaron ayer sobre esto.

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Las plazas de Bruselas se seguirán llenando y los cafés y bares volverán a respirar la vida y el bullicio que siempre han tenido, con sus conversaciones en varios idiomas y sus largas y complejas discusiones sobre el futuro de la UE. Ojala sea así. De alguna manera, espero que todos los que somos apasionados de la UE y creemos en el proyecto europeo sigamos haciéndolo, pero que nunca tengamos que sentir vergüenza cuando un refugiado nos diga que entiende que esta institución les dé la espalda. Yo digo que no, que ni con estas apruebo la actitud de Europa. Los derechos humanos no tienen pasaporte

Mi solidaridad con las víctimas de Bruselas, y con su comunidad de expatriados y emigrantes

 

Irene García-Arnau es periodista y ha vivido en Roma y Bruselas