No era una decisión fácil viniendo de una familia cristiana practicante, pero me fui a vivir a un país musulmán, concretamente a Kuwait. Debo decir que, en general, la gente de  mi entorno me miraba con cara de loco, como si estuviera a punto de cometer un error fatal al tratarse de una cultura muy diferente y, sobre todo, de una religión tan exigente. Así que vine a Kuwait algo asustada, porque a pesar de todas las investigaciones posibles que hice previas al viaje, al llegar te encuentras con algo nuevo y desconocido.

Empecé a trabajar, la gente me acogió súper bien, incluso los clientes para los que trabajaba (todos kuwaitís y por lo tanto musulmanes) me trataron como una más en sus respectivas familias. Me enseñaron la ciudad, sus costumbres, sus casas, familias, amigos, etc. Pero, pese a su enorme hospitalidad, yo, honestamente, a la semana de llegar me quería ir. No iba conmigo, estaba sola… pero eso es lo que pasa cuando te vas a un país tan diferente. Al principio hay que saber sufrir, porque luego vale la pena.

Todo la inseguridad que me había transmitido la gente, en ese momento, se esfumó. Me di cuenta de que estaban equivocados y que las cosas no son o blanco o negro.

Durante el primer año no me relacioné con ningún español (¡y eso que somos unos 500 aquí!), pero para mí la gracia de estar en un país diferente es justamente eso: mejorar idiomas, entender sus costumbres, y, entre ellas, el papel de la mujer.

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Se trata a la mujer de forma muy diferente al hombre. Descubrí una sociedad muy cortés, delicada, preocupada por la educación y los detalles. Así que, de la forma que he podido les he devuelto esa generosidad simplemente respetándoles, con mi actitud al participar en grupo y con detalles como mi manera de vestir. No se me pasa por la cabeza ponerme pantalones cortos ni cuando estamos a 50 grados. Y no porque vaya a pasar algo, sino porque sé que les incomoda a ellos y me incomodaría a mí su mirada frente a algo a lo que no están acostumbrados.

Es cierto que hay muchas limitaciones en la sociedad, especialmente para la mujer. Y choca que luego las traten de forma tan servicial, pagándoles absolutamente todo (cenas, compras…). Pero para mí no se trata de estar de acuerdo con ellos o no. Evidentemente mi cultura es radicalmente diferente pero ahora les comprendo más, no les juzgo, y admiro el respeto y caballerosidad que tienen entre ellos y hacia los extranjeros.

Para mí ha sido una experiencia única, ¡todo lo contrario de lo que me advirtieron!

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La recomiendo, porque te das cuenta de que hay personas completamente diferente a ti, con otra mentalidad y comprobarlo en primera persona te hace madurar porque te enfrentas a situaciones totalmente nuevas y conoces facetas tuyas no habrían emergido si no fuera por haber vivido en otro país.

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No ha sido tan duro como pensaba al principio. Llevo casi tres años, ¡eso significará algo!. Todavía me acuerdo del primer día, cuando llegué al piso asignado por la empresa y escuché a las 5 de la mañana la llamada al rezo desde las mezquitas. Yo, recién instalada y ya con mi pijama, salí corriendo y desde la planta 13ª empecé a bajar las escaleras tan rápido como pude pensando que era una alarma (no sabía si de guerra, antiincendios o qué… me daba igual y me puse en lo peor). Cuando vi al guardia de seguridad en la recepción del edificio, tan tranquilo, y le conté mi película se tronchó de risa. Y yo sigo aprendiendo y, por supuesto, sigo riéndome muchísimo también.

Esperanza Cavero es emigrante en Kuwait desde hace tres años