Soy mujer de expatriado, lo cual me convierte en expatriada a mí misma, pero con una diferencia: él tiene un trabajo en su nuevo destino, mientras que yo debo empezar de cero y reinventarme. ¿Quién es más afortunado?. Pues yo, sin lugar a dudas. Porque con más de cuarenta años a mis espaldas, carrera, máster, experiencia laboral y unos niños que crecen a la velocidad de la luz, tengo la oportunidad de reinventarme. ¿Eso no es extraordinario?. Lo es.

Al aterrizar en Estados Unidos, mi marido fue a trabajar desde el minuto uno. Los niños empezaron el cole y enseguida hicieron amistades. Yo organicé la casa, localicé supermercados y tiendas varias donde poder encontrar todo lo que necesitábamos y empecé a socializar con mamás del colegio.

Muy bien. Y ahora que todo vuelve a estar ordenadito en su sitio, ¿qué hago con mi vida?. En Estados Unidos hay una cultura muy extendida del voluntariado, fundamentalmente destinado a causas sociales y ayudas a los más necesitados. Me presenté como voluntaria en una escuela de niños ciegos y debo decir que fue una experiencia deliciosamente enriquecedora y que me aportó unos momentos preciosos e inolvidables.

También abrí un blog contando mis experiencias de mamá expatriada. Deseaba contar al mundo cómo iba evolucionando mi experiencia personal en otro país y hacer hincapié en las diferentes costumbres de mi nuevo hogar.

Paralelamente, empecé a enviar currículums a las grandes empresas y grandes universidades de Boston y alrededores. ¿Exceso de autoconfianza? Pues sí. Mi carrera, mi máster y mi experiencia laboral poco sirvieron al no ser carrera, máster y experiencia estadounidenses, con lo cual, las pocas empresas que respondieron a mis emails, amablemente declinaron mi oferta porque yo no cuadraba en su organización. Eso sí, me animaban a seguir intentándolo y me deseaban mucha suerte.

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Así pues, me di cuenta de que matricularme en algún curso que ofrecían por la zona me podía ayudar en mi búsqueda. Valoré mis posibilidades y habilidades y opté por un curso de intérprete médico. Aunque el curso era muy variopinto y con unos participantes muy diversos, debo reconocer que yo subía la media de edad. Mis colegas rondaban los veinte años y se quedaban pasmados cuando yo les decía que tenía más de cuarenta y dos hijos maravillosos.

El curso, intenso e interesante, me fue muy bien en muchos aspectos: me di cuenta de que podía volver a estudiar, de que mi nivel de inglés no estaba nada mal, aprendí muchos conceptos útiles y me subió la moral. Además, esas clases me permitieron conseguir el trabajo que tengo actualmente

Sí, soy afortunada por haber vivido este proceso de una forma privilegiada: con un marido muy trabajador que se desvive por nosotros y unos hijos adorables aunque me hagan rabiar hasta la médula cuando tienen que cumplir normas. Y también soy afortunada por haber tenido la oportunidad de reinventarme a nivel social y profesional a mi edad.

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Y aquí estoy, poniéndole ganas, energía e ilusión. Ser mujer de expatriado es tan duro o tan gratificante como tu quieras que sea. Yo he decidido que quiero que sea gratificante. ¿Que si echo de menos a mi familia, a mis amigos, mi casa y mis cosas de toda la vida? Pues claro, y no digamos ya lo que echo de menos un poco de jamón y pan con tomate, pero creo sinceramente que estamos dando un regalo a nuestros hijos, puesto que son trilingües, se desenvuelven bien en diferentes entornos y aprenden a convivir en diferentes culturas y maneras de pensar.

¿Y yo? pues a aprovechar la reinvención, no me queda otra. Y debo asegurar que merece la pena.

 

Roser Rovira vive en Estados Unidos y es autora del blog Mamá en Massachusetts