Todo el mundo se prepara más para ir que para volver. Antes de que cogiera el avión para instalarme en el extranjero, los amigos, la familia, compañeros de profesión (y vecinos y otras personas que me rodeaban) me preguntaban si estaba nerviosa, me ofrecían su ayuda (“ya sabes dónde estamos”), me dejaban mosquiteras y otros bártulos que en realidad no necesitaba y me daban “muchos ánimos”. Me miraban con cara de haber chupado un limón mientras pensaban “a ver cómo le va”, casi compadeciéndose.

¿Por qué?. Justo a la ida es cuando uno tiene la motivación y la energía a tope, un subidón de adrenalina que le hace sentir diez mil veces más seguro de sí mismo.

Aquí lanzo un mensaje para todos los que tienen emigrantes cercanos: No es a la ida cuando más os necesitamos, es a la vuelta.

Cuando he regresado a España al terminar un periodo en otro país, es cuando me he encontrado más desorientada, en un lugar que en realidad debería poder recorrer con los ojos cerrados. Me he sentido más desubicada en los primeros meses de una vuelta que en los primeros meses de una nueva vida fuera.

Al regresar, ni las personas son tan cercanas, ni tienes la sensación de que compartas tantas cosas con ellas, ni la que se supone que es tu ciudad te parece que te dé todo lo que crees que vas a necesitar
La reinserción (porque es una absoluta reinserción) se hace cuesta arriba. Pero nadie a tu alrededor lo ve así. Ahora la vecina te pregunta (dando por hecho que sí) si estás contenta de haber vuelto y, claro, supones que le tienes que contestar asintiendo con una sonrisa, pero la verdad es que no tienes ni idea de lo que sientes. Bueno, algo sí: un jet lag emocional que te recuerda que en realidad ya tienes fuertes vínculos en el lugar que has dejado atrás, y sigues soñando literalmente con tu casa de allí, con los amigos de allí, con tu rutina de allí y te añoras más de la cuenta porque… porque tu mundo supuestamente estable, ha dejado de serlo.

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Mi madre, que tiene mucho sentido del humor (y ha sido un gran apoyo en mi vida de emigrante) tiene salidas muy cínicas. Cuando volví a Barcelona, había convertido mi habitación en un despacho (sin cama) y cambiado el nombre de la red wifi (que antes era el típico insufrible e inmemorizable que viene de serie) por uno mucho más directo y mordaz: “Pensión”.

Este es sólo un ejemplo reduccionista y exagerado de que, aunque sea obvio, hay cosas que han cambiado mientras tú no estabas, pese a que te parezca que en casa todo siempre sigue igual. Y otra cosa obvia (y por lo tanto fácil de olvidar): tú también has cambiado.

¿Quieres de verdad ponerte a prueba? Vuelve.

Nina Tramullas es ex emigrada y editora de 0034 Código Expat