El invierno austral en Chile está cada año marcado por el aumento de la contaminación ambiental, un problema crónico que las autoridades intentan resolver, con más o menos éxito. A pesar de que la contaminación atmosférica en la capital, Santiago, se ha dado desde la época colonial por la forma del valle en la que se encuentra ubicada -encerrada, por una parte, por la cordillera de la costa y, por la otra, por la de los Andes-, ha sido en los últimos cincuenta años cuando la polución en la metrópoli ha derivado en un problema para la ciudadanía.

Junto con la geografía, la  suciedad del aire también está vinculada a la inversión térmica, que se produce cuando se estaciona en altura una nube de aire cálido que impide que el aíre frío –que se ubica más abajo y concentra los contaminante– circule. Este efecto se acentúa en invierno, cuando la temperatura en el suelo baja y, junto con la falta de vientos durante esta estación hace que la capital chilena, de unos siete millones de habitantes, sufra niveles críticos de contaminación en las estaciones frías.

Sólo durante los meses de junio y julio –el invierno en el hemisferio sur– , Santiago soportó 12 episodios de “pre emergencia ambiental”, la segunda en la escala de las medidas restrictivas por los altos niveles de contaminación. Durante el mismo periodo, también se dieron dos episodios de “emergencia ambiental” decretados por las autoridades al excederse los 500 microgramos de partículas nocivas por metro cúbico.

La señal más evidente de la mala calidad del aire en la capital es la densa nube de niebla contaminante, conocida como smog (acrónimo de las palabras inglesas smoke -humo- y fog -niebla-). Esta nube cubre gran parte de la ciudad y obstaculiza la visión. Se concentra especialmente en las zonas más bajas, donde se asientan los colectivos más vulnerables que, a la vez, son quienes resienten con mayor fuerza sus efectos, como la sequedad en la garganta y la picazón en los ojos. A largo plazo, incrementa el riesgo de accidentes cerebro-vasculares, las enfermedades del corazón, el cáncer de pulmón y las enfermedades respiratorias agudas y crónicas, como el asma y la obstrucción pulmonar.

La nefasta combinación de factores geográficos y climáticos junto con los efectos de la polución provocada por los males hábitos en la movilidad de los santiaguinos –más de 1,9 millones de vehículos que circulan por la ciudad– ha obligado a las autoridades ambientales a implementar varios planes para reducir el impacto de la contaminación en la ciudad

Entre las medidas de las que más se ha hablado destacan la eliminación de las estufas a leña y la reducción del número de vehículos que circulan por la ciudad y que emiten un 40% de las partículas. De hecho, los días en que se anuncia la “pre emergencia”, se restringe la circulación del 20% del parque automovilístico de Santiago y se paraliza la emisión de fuentes fijas industriales. En emergencia, estas medidas se llegan a duplicar.

A pesar de que la capital es uno de los punto críticos, la ciudad más contaminada del país es Aysén, que suma 15 emergencias junio y 13 en julio.