Maletas listas, pasaporte y documentos de viaje en regla, ilusión, miedo, incertidumbre, determinación, madurez, preocupación… Desde el principio de los tiempos el ser humano ha buscado fortuna bajo cielos más prósperos cuando las condiciones en casa se torcían. Pero esa no es la única razón para emprender rumbo hacia lo desconocido. Las motivaciones que se esconden detrás de los movimientos migratorios son tan diversas como el número de individuos que parten con el objetivo de escribir un relato nuevo para sus vidas. El fenómeno es tan difícil de analizar como de cuantificar -especialmente porque los estados son infinitamente más meticulosos en registrar las llegadas que en contabilizar las salidas- pero una cosa está clara: una vez emprendido el rumbo hay una nueva etiqueta que define a estos ciudadanos: emigrantes.

Para muchas personas el término va aparejado a un buen número de connotaciones negativas en las que se citan la desesperación o la falta de oportunidades y con pasmosa frecuencia se olvidan de que vivir en el extranjero supone también la posibilidad de poner a prueba las capacidades de uno mismo, aprender cosas nuevas de forma constante, conocer otros códigos culturales y atesorar vivencias irrepetibles.

La palabra emigrante define una realidad demográfica y dotarla de una carga semántica negativa es fruto de los prejuicios con los que las personas tendemos a describir los fenómenos que desconocemos

Y también de la historia española que nos remite a  aquellos emigrantes que abandonaron España en pleno franquismo, en los que difícilmente se reconocerán los jóvenes y adultos altamente cualificados que parten hoy empujados por una crisis económica tan aguda cuya auténtica magnitud todavía se desconoce. Estos emigrantes de nuevo cuño no remiten a la imagen, certera o fabulada, de aquellos españoles de “maleta y abriguito raído” y contribuirán a cambiar el concepto negativo que pesa sobre la emigración, en opinión de la profesora de piscología social de la Universidad Complutense de Madrid Cristina Cuenca García.

Pero tampoco ellos lo tienen fácil para identificarse con los expatriados tradicionales, trabajadores de elevado perfil profesional y condiciones laborales privilegiadas desplazados por sus empresas en España para hacerse cargo de proyectos en otros puntos de la geografía mundial. “Todos los expatriados son emigrantes, pero sólo algunos emigrantes son expatriados. Los expatriados son un subgrupo dentro de los emigrantes”, indica Cuenca García.

La experta explica que un expatriado “nunca es una persona de la cual la compañía quiera deshacerse” sino un profesional con experiencia y nivel ocupacional elevados que asumen un reto en el extranjero y para los que lo único que cambia “es el lugar donde prestas el servicio”. “Es una emigración muy dulce”, añade

La profesora destaca además que los expatriados constituyen apenas un 5% del total de emigrantes y que son en un 90 por ciento hombres. Pero atención, si el foco se ajusta a los flujos migratorios de jóvenes que se han visto forzados a hacer las maletas por la crisis, las mujeres toman la delantera en número y en cualificación, de acuerdo con las conclusiones del estudio La emigración de los jóvenes españoles en el contexto de la crisis, divulgado por el Instituto de Juventud (Injuve).

Según Cuenca, una de las autoras del informe, la causa de que las mujeres lideren la estadística hay que buscarla en la escasez de oportunidades que existen en España, donde la desigualdad sigue vigente y no gozan de ofertas que pongan en valor su cualificación.

Imposible saber cuántos

Los intentos por cuantificar el fenómeno son complejos. El padrón de españoles residentes en el extranjero que una vez al año publica el Instituto Nacional de Estadística se elabora a partir del registro de matrícula consular que elabora la red de consulados españoles en el exterior, donde la inscripción se hace por iniciativa del ciudadano y en consecuencia no refleja de forma realista el número de personas que están en cada país, ya que muchísimos emigrantes no se registran en su nuevo país de residencia. De hecho, el 68,4% de los jóvenes españoles residentes en Europa que fueron encuestados para la realización del informe del Injuve afirman que no se habían registrado en el consulado correspondiente.

“Es dificilísimo poner un número. Los datos son nefastos. En todos los países hay obsesión por los que entran, pero no por los que salen”, agrega Cuenca

Así las cosas, el estudio se aventura con cautela a poner cifras al movimiento mediante el cruce de los datos procedentes de las diversas fuentes estadísticas para el estudio de las migraciones exteriores y estiman en 341.000 el número de españoles que emigraron a los cinco con­tinentes entre 2009 y 2013. De esta cifra la mayoría,  218.000, son jóvenes entre 18 y 29 años de edad.

Lo que sí declaran los expertos con contundencia es que en ese periodo se ha producido una “una incuestionable tendencia al alza” que no arroja signos de “desgaste ni moderación”.

Para los protagonistas de la historia las cosas son más sencillas y poco tienen que ver con los números. La técnica de proyectos de cooperación alicantina Tatiana Villacieros partió a finales de 2014 a Bruselas donde encontró el empleo que en España no llegaba. Villacieros, que anteriormente había vivido en la India como expatriada, tiene previsto quedarse un mínimo de dos años y se considera emigrante puesto que su contrato actual es belga y no tiene vinculación laboral con España. Para ella, lo más positivo de la andadura internacional es “conocer otras culturas” y aunque le gustaría regresar reconoce que “nunca se sabe”.

El buen uso de la palabra

Aunque para la Real Academia de la Lengua no existe diferencia entre los términos emigrante y expatriado, en el ámbito académico y en el estudio de los flujos migratorios se aplica una distinción clara. La palabra emigrante describe a todo aquel que abandona su país de origen para establecerse en otro lugar, mientras que el término expatriado define a un emigrante con unas condiciones laborales específicas pactadas con la empresa a la que presta su servicio.

La Fundéu, organismo que vela por el buen uso del español en los medios de comunicación, ha tomado cartas en el asunto a petición de 0034 Código Expat y explica que a pesar de que en “su sentido básico” un expatriado es simplemente aquél que vive fuera de su patria, se ha extendido la aplicación del término “a los exiliados y al personal cualificado que una empresa o institución traslada temporalmente a otro país para, por ejemplo, desarrollar una nueva actividad u ofrecer asistencia técnica”. Además, señala que tanto emigrante como inmigrante aluden más ampliamente a todos los que se desplazan a otro país o región con propósito de establecerse o radicarse en él.

No obstante, la Fundéu reconoce el empleo de expatriado como mero sinónimo de inmigrante o emigrante, aunque sin tener en cuenta los matices de condiciones laborales “puede ser un intento de evitar las connotaciones negativas que estas últimas voces tienen entre algunas personas, aunque no sean de por sí palabras discriminatorias”

Esas connotaciones o el simple hecho de querer simplificar las cosas son las que hacen que muchos emigrantes, influidos también por el término anglosajón expatriate o su forma corta expat, no se refieran a sí mismos como emigrantes y hablen de grupos de expatriados, organicen fiestas de expatriados, se relacionen con otros expatriados y se incluyan en el colectivo a pesar de no gozar de los privilegios que se le atribuyen.

Hay que aceptar que hay diferentes movimientos migratorios y condiciones de migraciones, y no es discriminatorio el hecho de ponerles nombre, como defiende este artículo. Lo que sería injusto es que un marroquí al que trasladan -por ejemplo- a Tokio, se le llame “inmigrante” mientras que, a un danés en las mismas condiciones, sea un “expatriado”. Así que no creemos que la fórmula más adecuada sea vetar el uso de término, pero sí extender la palabra “expatriado” más allá de las migraciones occidentales.

Lo cierto es que ni “expatriado” ni “emigrante” definen muy específicamente a los españoles que viven actualmente en el extranjero, que hace años que están fuera o que se han marchado en los últimos tiempos. Quizá tengamos que crear un nuevo término, que sume los conceptos “emigración”, “profesionales”, “preparados”… Es sólo una lluvia de ideas partiendo de la base que somos más que nómadas. El debate está abierto.