El domingo es ese día odiado por todos, la antesala del regreso a la rutina laboral, a los madrugones, a la ducha displicente, al café humeante como única tabla de salvación ante las cinco (o más) largas jornadas que se precipitan como una losa. Todas las canciones hablan mal de los domingos, las conversaciones los describen como una suerte de penitencia, y son percibidos como un peaje que pone fin a la diversión y ajusta cuentas con los excesos de las jornadas previas. Sin embargo una de las primeras cosas que cambia de forma radical cuando se vive lejos del país de origen es esa aura depresiva que envuelve el domingo por la tarde, que deja de ser una condena para dar paso a un momento perfecto para la actividad, la compañía y el descubrimiento.

“Antes no es que odiara los domingos pero me parecían días medio inútiles y muy poco aprovechados en los que pensaba que iba a volver a la rutina de nuevo.  Ahora no”, dice la onubense Begoña Santos, una consultora internacional de 33 años que vive en Sao Paulo.

Para Begoña, la percepción del domingo ha cambiado de forma notable desde que trasladó su residencia a Brasil y exprime tanto el último día de la semana que se ha convertido en el nuevo sábado: “nada que ver con lo que hacía en España”
Santos, quien sus últimos años antes de mudarse a Brasil estaba preparando oposiciones, dedicaba los domingos a descansar y en algunas ocasiones a quedar con alguna amiga, pero de lo que no tiene ninguna duda es de que “no solía aprovecharlos como ahora”.

En su opinión el domingo se ha convertido en un día que ofrece múltiples posibilidades; su plan perfecto, si el buen tiempo acompaña, consiste en un desayuno ligero, un par de horas de deporte, una conversación vía Skype para garantizar la tranquilidad de sus padres y, después, de cabeza a la actividad. “Un almuerzo con amigos, un paseíto aprovechando algún mercadillo, una exposición nueva o algo más cultural y diferente. Volverme a casa, leer un rato, ponerme al día con algunos e-mails o mensajes de amigos, una cenita leve e irme a dormir no muy tarde ya que el lunes a las 6.30h suena el despertador para correr una media hora antes de ir a trabajar”, explica. Lo que parece claro es que sea cual sea el plan y tanto si se queda en la ciudad como si aprovecha el fin de semana para viajar a algún destino interesante, el domingo ha abandonado su condición de día maldito de la semana. “No me pesan nada, al contrario”, concluye.

La opinión es compartida por otros españoles que han experimentado la transmutación de los domingos en el extranjero.  “No planifico nada, pero sé que no es un día muerto. Me lleno de actividades y acabo los domingos agotada. Los disfruto a tope, hago de todo”, asegura una cooperante que trabaja en el sur de la India y para la que el domingo se presenta cuajado de sorpresas. “Partidillos de cualquier deporte, comidas con sobremesas interminables… Hago cosas que nunca habría imaginado que haría y compartiendo momentos con gente muy diferente a mí con la que no me relacionaría si no estuviera en el extranjero. Lo veo como una oportunidad, me aporta muchísimo. Aunque supongo que llevo unos domingos hiperactivos para defenderme ante un hipotético vacío”, añade. Y, cuando está más perezosa y se convence de quedarse descansando, siempre hay alguien que le propone un plan y acaba cediendo… así que ni aunque quiera puede hacer que el domingo sea lo que se desprende de su palabra: ne rien faire.

Actividad antisoledad

La causa de tanta actividad dominguera cabe buscarla en la necesidad de establecer vínculos con nuevas amistades y esquivar los momentos de soledad, además de carecer -a menudo- de compromisos familiares que obliguen a reservar el domingo.

“Cuando uno se expatria busca relacionarse y conocer a gente nueva. Si estás en España los domingos vas a comer donde la familia, los padres, los abuelos…. Pero una vez fuera todo eso ya no está y entonces se sustituye por comidas con amigos, compañeros de trabajo, etc. Creas otra familia”, expone un ingeniero que trabaja en Colombia

Y, si al domingo le sumamos el sábado, la actividad se multiplica de forma exponencial porque viajar a todo destino desconocido que se ponga al alcance es otro de los planes que no pueden faltar cuando se vive lejos del país de origen. La necesidad de conocer al máximo el nuevo lugar de residencia y los países vecinos es vital, especialmente si se tiene en cuenta que nunca se sabe el tiempo exacto que se pasará en esa nueva casa. De modo que expatriados y emigrantes se ponen manos a la obra para conocer todos los rincones de su nuevo país de acogida porque, antes de que comience una hipotética cuenta atrás, se hace imperioso aprovechar al máximo la oportunidad de ir colocando picas nuevas en el mapa la geografía universal.