Tenemos cientos de amigos en Facebook, bastantes grupos de WhatsApp con algunos seleccionados, cadenas de emails con todavía los incluso más cercanos y citas por Skype (que a veces procrastinamos eternamente) reservadas para los más íntimos. En esta nube de la amistad -jerárquica, porque a la práctica lo es- hay veces que la persona que vive fuera puede sentirse nublado. Esto ocurre por no poder mantener el contacto con todos los amigos, por la decepción de que alguien que considerábamos muy cercano no consigue sacar tiempo para comunicarse virtualmente con nosotros, o por la presión de la exigencia tecnológica que pide mucho con muchos. E, incluso, puede turbar el hecho de que hayamos descubierto el canto afilado de la piedra filosofal de las relaciones: a veces se acaban o no son tan fuertes como pensábamos.

Xavi, que reside en Amersfoort (Holanda), es firme:

“No he perdido amigos. Lo que se pierden son conocidos. Aquellas personas con las que te llevabas bien pero con las que acaba faltando el contacto”.
Profesional de la biotecnología, Xavi considera que las formas de comunicación y la frecuencia dependen de la relación que tengamos con cada persona. Quizá los más cercanos no reciban un mensaje de WhatsApp nuestro a diario, pero sí que -cada cierto tiempo- les llega a su buzón un email en profundidad y personalizado o una propuesta de charla por videollamada. “Creo que eso se debe a que preferimos tener una conversación de tú a tú, más eficiente y más profunda, para compensar la menor frecuencia”, añade.

Para Mª Carmen Adamuz, residente en Doha (Qatar), esos pequeños gestos “facilitan tener la sensación de cercanía a pesar de la distancia”, aunque sin duda hay que poner mucho de parte de uno para “seguir alimentando esa amistad y que perdure”. Este compromiso a veces puede hacerse cuesta arriba y ser en una losa, y puede convertirse en un duelo de reproches (uno no tiene tiempo para el otro, el otro luego no tiene tiempo para el uno…). Pero se trata de que los dos pongan de su parte y que dejen “claro cuál es el acuerdo para que no haya expectativas insatisfechas”, según explica la coach y ex expatriada Cristina Ramon. Es decir, que si vamos a escribir poco, mejor avisar.

Tecnodependientes

Sin embargo, no todos los amigos están en la cuerda floja. En el caso de Neus, periodista que reside en Berlín, ha visto como su amistad con algunas personas ha cambiado para mejor: “Tengo mucha relación (por WhatsApp, Skpe…) con otros amigos que están también fuera, en otros países. Es curioso pero como estamos en la misma situación nos hemos unido y nos apoyamos mucho. ¡Estamos incluso mucho más en contacto que antes!”. ¿El inconveniente de la tecnología? Cuando se lleva al extremo: No queremos relaciones que nos alejan tanto del mundo real ni nos aislen como en Her o como en algunas relaciones de Hombres, Mujeres & Niños, ni romantizadas como en Tienes un email. “La comunicación es una herramienta esencial pero yo no necesito estar intercambiando información con mis amigos cada día para que ellos sepan donde estoy y viceversa”, opina Mª Carmen. Efectivamente: “conexión” sí, “esclavitud” no.

Para acercarnos al equilibrio se tiene que cooperar, es decir, que todo el mundo quiera y ponga interés para que salga bien. Lo dice la Cristina Ramon, y lo opinaba ya Aristóteles: “La cooperación implica la igualdad, que es característica de la amistad: la intención de otro se incrementa en tanto que es común, de manera que los amigos se ayudan en dicha tarea, y no sólo en remediar las situaciones desgraciadas”.

Y haríamos bien en admitir que no estamos juntos y que -aunque parezca obvio- es imposible que todo siga como cuando estábamos en un mismo espacio físico, franja horaria y entorno.
“No podemos compartir momentos clave en la vida de nuestros amigos”, evidencia Mª Carmen desde Doha. Eso es así. Pero no dramaticemos. Con ‘los de siempre’, sabemos que podemos no hacernos ni caso durante meses pero cuando volvemos ahí están, como si nada hubiera pasado, parece que nos miren con el mismo gesto, estén incluso sentados de la misma forma, con sus mismos problemas en casa y su compañero de trabajo al que no soporta ni un día más (aunque lleva años quejándose). “Los amigos que conservo son los que conozco de hace más tiempo. Tengo más contacto con los amigos de la carrera que con personas que he ido conociendo posteriormente y que ya no veo en el día a día. Para tener una amistad a distancia la experiencia mutua cuenta”, opina Xavi.

El reencuentro y la selección natural

Y cuando se vuelven a ver el expat y las amistades que viven lejos… ¿qué sienten?. “Alegría y estrés. Alegría por verlos y poder compartir una rato con ellos. Estrés por tener o no tiempo suficiente de contarnos todo lo ocurrido en los últimos meses”, cree Xavi. Mª Carmen coincide en que es muy intenso: “Cualquier espacio y tiempo compartido con ellos se vuelve más apreciado y valorado”.  Y es que soltar la rutina de la amistad no tiene por qué ser nocivo: “Aunque pueda ser doloroso, distanciarse temporalmente de tus amigos puede ser bueno para ver la amistad con otra perspectiva.

Desde lejos aprendes a valorar quiénes son tus amigos y quiénes conocidos. Estar fuera y conocer a otra gente también te permite relativizar en positivo tus amistades, y darte cuenta de lo mucho que os une”, analiza Xavi.

¿Hay selección natural?. “En cierto modo sí. Sólo sobreviven las amistades más fuertes,  profundas y maduras. Aquellas atemporales y desapegadas, que comparten valores, inquietudes y caminos vitales”, analiza Cristina Ramon. Chiara Esposito, de Barcelona, ha visto como muchos amigos suyos se han marchado largas temporadas al extranjero. “Sí que he conservado la relación con todas las amistades que se han ido porque ha sido gente muy cercana a mí. Creo que también ha ayudado el hecho de que comparto un grupo de amigos con las personas que se han ido, y así es más fácil mantener la relación; entre varios, se hace piña”, expone. “La distancia te deja ver con quienes realmente tienes una amistad y con quienes simplemente te llevas bien”, fulmina Xavi.

Y el escritor Richard Bach dijo: “Nuestra amistad no depende de cosas como el espacio y el tiempo”. Pues eso.

Quizá, lo que nos deberíamos plantear es cuántos amigos debemos y podemos tener, y -sobre todo- cuidar. El antropólogo Robin Dunbar estimó que el límite de personas con los que se podía tener una relación estable se sitúa en cincuenta. Lo que no valoró es si cambiaban los algoritmos cuando había miles de kilómetros de por medio y cuando la tecnología quería obviarlos.