Tópicos hay para dar y regalar. Dicen que el que tiene un amigo, tiene un tesoro. También hay quien opina que los amigos son la familia que uno elige. De lo que no cabe duda  es de que a lo largo de nuestra vida necesitamos establecer lazos afectivos de distintos tipos y que esta necesidad se hace aún mayor si cabe, cuando pones tierra de por medio y pierdes la protección de tu círculo más íntimo. Uno aterriza y, lo que muchas veces comienza por ser un acercamiento a otros emigrantes por “pura supervivencia”, como explica la periodista Belén Kayser (Berlín), acaba convirtiéndose en “una gran amistad”.

La psiquiatra Gabriela Klepesh, que habla desde la doble perspectiva de terapeuta y también de expatriada (de Uruguay a España) asegura que los lazos acaban siendo fuertes porque tienen que “ocupar el sentimiento de vacío, de abandono, de desasosiego que provoca el hecho de habernos ido y de no desarrollarnos en el lugar donde nacimos”.

“Necesitas ser aceptado -añade- para sentir que ese vacío está lleno de nuevas oportunidades y que no estás solo. La manera de sentir y de pertenecer te la dan los que te reciben y ese sentimiento de pertenencia a un grupo, a un clan, es fundamental para el ser humano porque te da seguridad, la protección que necesitas ante una situación de vulnerabilidad y de desarraigo”

Sol Martínez, Carlos Ruíz, Eli García, Julia Martínez y Lluïso Llorens son algunos de los jóvenes españoles que acudieron a la llamada de Ecuador y de sus numerosas universidades, privadas o públicas, para desarrollar la docencia y sobre todo la investigación que España, con sus recortes en ciencia y en I+D, les negaba. Apenas tenían mucha relación en la localidad costera en la que se instalaron en un primer momento, y que acabaron por abandonar a causa de la inseguridad, entre otros motivos. Fue más tarde, en la localidad de Loja, donde se produjo la confluencia de todos ellos y, quizás por esas vivencias al límite que dejaron atrás, se produjo una conexión especial, una convivencia a modo de Gran Familia o “tribu”, que diría la psiquiatra.

Con pareja o sin ella (circunstancia que a veces influye a la hora de unirse más o menos a las amistades), a esta Aventura Lojana poco a poco se le fueron sumando más primos, primas y demás familia, independientemente de su estado civil y de su procedencia. Juntos, con la Casa de Doña Perla o La Mancha como punto de encuentro y bajo el paraguas protector de Sol y Carlos convivieron, se apoyaron y se necesitaron como mucho más que amigos.

Después de algo más de dos años, Sol y Carlos están de vuelta en España. Para ella, es curioso cómo algo que se ha vivido tan apasionadamente “sólo se dé en un momento y un lugar determinados”, y se siente nostálgica ante el hecho de que se esfume y de que ya nunca existir. “Es un tipo de intensidad, de sentimientos -añade- que tal vez no se da en nuestro entorno más familiar, en nuestra zona de confort, porque todo es más estático y permanente”.

Aunque parezca que este tipo de lazos sólo se estrechan en grupo o en destinos muy alejados del de origen, también se extienden a otros emigrantes, aunque sea de manera más reducida. En Berlín, Belén Kayser presume de tener amistades únicas. Destaca también que “lo más bonito es la cantidad de grupos temáticos” en los que puedes participar. “Los de la clase de alemán, la amiga de yoga, los amigos de la amiga de tu amiga de Madrid, mis alumnos de escritura creativa…”.

Por motivos obvios de empatía, nostalgia y cercanía cultural, las relaciones con otros emigrados son de lo más intensas. Muchos coinciden en que las amistades que han forjado viviendo en el extranjero se viven con mucha más pasión que las que hayan podido tener en la ciudad de donde proceden
Kayser analiza: “Hay un cambio personal muy brusco, te enfrentas a dilemas y situaciones muy intensas y serias, lejos de casa, así que se crece de otra forma y esa gente que te ve evolucionar es con la que estás ahora. Y eso une, como la mili”.

También Luís Casares, técnico en comercio internacional, habla de una red bastante sólida y cien por cien integradora en Dubai, conformada por los españoles que llevaban más tiempo viviendo allí. Quizá por eso, en muchos casos se produce cierto desarraigo o desubicación al volver, explica, sobre todo cuando has pasado más tiempo fuera, como fue su caso tras tres años en Turquía. “Tu gente ni ha compartido esa evolución ni ha vivido lo mismo que tú y eso, a veces, provoca hasta incomprensión con tus amigos de toda la vida, a la vez que notas más cercanía con los nuevos amigos”, reflexiona.

Sol describe así las despedidas con estos famigos (amigos-familia): “A mí me dejan una sensación muy parecida a la de cuando llegaba septiembre, en mis veranos adolescentes, y empezaba a despedirme de mi pandilla del alma, esos días en los que comienzas a ponerte las primeras rebecas de la temporada”. Y es que, que tire la primera piedra aquel que no siga sintiendo algo de escalofrío cuando recuerda a aquellos amigos que nacieron de vivir al máximo en aquel tiempo mínimo, como expresa Sol. Y lo mismo al pensar en los amigos que forman o formaron parte de nuestra vida en el extranjero. Escalofrío en la aventura, a miles de kilómetros y sin límites, porque aunque pase el tiempo siempre les unirá algo único y especial a estas amistades sin fronteras.