Una ciudad cambia tu manera de ser. Aunque te resistas a pensar que eres así de moldeable, sus calles, sus personas, su manera de vivir y de pensar, incluso sus hábitos culinarios te transforman hasta el punto que hay un pre- y un post- esa ciudad en ti.

“[…]la ciudad donde vivimos todos un lapso tan breve, la ciudad que se sirvió de nosotros como si fuéramos su flora, que nos envolvió en conflictos que eran suyos y creíamos equivocadamente nuestros, la amada Alejandría”, escribe en la introducción de “El cuarteto de Alejandría” Lawrence Durrell. El escritor inglés inventó una tetralogía de esta ciudad egipcia que envolvía a su antojo a quien habitaba en ella. Pero quizás esa magia no corresponde exclusivamente a Alejandría.

Debemos ser conscientes de que el entorno en que vivimos determina en gran medida nuestra manera de vivir y, según el momento vital en que nos encontremos, puede venirnos mejor o peor un lugar u otro. Se trata de saber lo que queremos y de ser responsables con nuestras decisiones. La autora de “The dead ladies Project. Exiles, Expats & Ex-Countries“, Jessa Crispin, propone una imagen: “Imaginemos, por un momento que el carácter de una ciudad tiene un efecto en sus habitantes, y que establece la frecuencia en que les llama a emigrar. Las personas que en cierta manera están sintonizadas harán acaso a la llamada sin casi ni saber por qué. Pensando que ellos han escogido esta ciudad, nunca sabrán que la ciudad les escogió a ellos. Digamos, por un momento, que la situación literal de una ciudad puede filtrarse en un realismo metafórico. Que la ciudad es el recipiente y que nosotros somos simplemente seres de diferentes viscosidades, poco a poco tomando la forma de aquello en lo que somos vertidos”.

Sin embargo, no se trata de eximirnos de toda responsabilidad, liarla a más no poder y luego apuntar a la ciudad diciendo “ha sido ella”. No hay que descartar la búsqueda intencionada de la metamorfosis. Es decir, cuando uno mismo inconscientemente (o un pelín conscientemente) escoge una ciudad por lo que sueña en convertirse. Es decir, ya que vamos a intimar, elegir con qué ciudad hacerlo. Esa elección depende a menudo de la preconcepción que tengamos de las diferentes opciones de ciudades en las que instalarnos. El antropólogo experto en identidades Pablo Vila expone así esta idea: “No hay lectura de una fotografía [de una ciudad] sin interpretación y tal interpretación está enmarcada por la trama argumental de la persona que lee la fotografía, por su particular identidad narrativizada“.

Abrazar la diversidad

Beatriz Roca, que ha vivido 14 años fuera y es coach de españoles en el extranjero, explica que cuando estás en contacto con la diversidad y la valoras, “acabas incorporando algunos aspectos que te atraen y modelando cosas de ti mismo que te hacen sentir bien, más auténtico, más en concordancia con quien eres”.

Jessa Crispin, por ejemplo, habla de Berlín como una ciudad destrozada y descompuesta y afirma: “Todo el que se muda a Berlín se siente un fracasado. Por eso estás aquí. Tendrás buena compañía”

Generaliza, sí. Pero lo cierto es que en Berlín se respira un ambiente artístico, bohemio y algo gris que combina bien con las personas que buscan poder plasmar su creatividad. “Berlín me ha hecho más libre, más creativa. Ya no juzgo, soy más tolerante. La ciudad está llena de almas rotas. La gente se pierde y se encuentra a sí misma en Berlín”, admite Neus, que lleva 6 años en la capital alemana. La periodista explica que no es sólo cuestión de pasar mucho tiempo en una ciudad, porque conoce personas a su alrededor que llevan menos que ella y también han notado el cambio. Los que viven en Berlín saben que se cruzan con gente, proyectos e historias surrealistas que saben que nunca habrían vivido de no estar allí.

Beatriz Roca matiza que “algunos de los cambios que se producen en nosotros más rápidamente (que suelen coincidir con los más radicales) se desvanecen antes o después”. La coach también menciona la importancia en este proceso de la “libertad” para ser uno mismo. Es una sensación que que uno siente cuando empieza en una ciudad; un actitud abierta que permite que nos adaptemos mejor a ella, “sin pensar en lo que piense el vecino”. Esta ausencia de complejos hace sin duda que nos dejemos llevar.

 

Cambios para bien y para mal

A veces es la libertad, y a veces la necesidad. “En Inglaterra, aprendí a camuflar la timidez. En un entorno nuevo, mejor volverse sociable para no sentirse perdido”, admite Milton. Su ‘transformación’ se produjo básicamente en los pubs. “En Mallorca siempre había sido amante del día, de la playa y la montaña, pero -en Bradford primero y en Liverpool después- me acostumbré a la pinta de cerveza y a lo que viniera”, explica. “En Liverpool una persona diurna se vuelve un animal nocturno; da igual el día de la semana, siempre hay música en vivo. Ya me gustaba el rock de los 90 y los 2000, pero en Liverpool me hice fan de los Beatles. ‘The Cavern’ los jueves y los lunes. Jazz en vivo los martes en el ‘Hannah’s’ y el resto de noches solía ser el ‘Heebie Jeebies’. ¡Y eso que antes no era de bares!”, ironiza Milton.

“Nueva Delhi hizo que me cerrara más en mí misma, pero lo supe mucho después de que pasara esa etapa. El entorno era bastante agotador y hostil. En cambio, cuando viví en una zona más rural en el mismo país, tuve una actitud mucho más abierta y aventurera, y me sumergí más en la cultura local y disfruté la experiencia de forma muy diferente”, explica Laura, una nómada barcelonesa.

La coach matiza que, mientras el cambio sea “consciente” y nosotros sepamos lo que nos ocurre, adelante, es nuestra decisión. Lo malo es cuando no estamos nosotros en el timón y no vemos claro nuestro rumbo

“Si se te ha adherido algo con lo que realmente no te identificas, es momento de trabajar: desprenderte de ello y reemplazarlo por algo que sientas que si va contigo”, aconseja Roca.

 

¿Es bueno dejarnos ‘cambiar’ por una ciudad, o por el contrario tenemos que ‘resistir’ a nuestra personalidad?

Los primeros que detectan los cambios que se producen en nosotros, por sutiles que sean, son las personas de nuestro entorno en nuestro país de origen. “Tienen una capacidad de detección inmediata de los cambios más mínimos en tu persona” porque en cierta manera los están esperando, explica Roca. “Es probable que tarden poco en señalar con todo lujo de detalles lo mucho que has cambiado”, cuando te vean o tengan noticias tuyas. Aunque a muchos les cueste aceptar tu evolución, “depende de ti facilitar a tu entorno esa adaptación”. ¿Cómo? “Con buena comunicación y tirando de paciencia”.

La coach Beatriz Roca rehúye posicionarse por una vía ‘buena’ y otra ‘mala’ sobre si dejarse cambiar o resistir, pero admite que abrazar la diversidad trae más cosas positivas. “Los prejuicios, el miedo a lo diferente, la inseguridad o los falsos mitos pueden impedirte disfrutar de todo lo que la diversidad puede ofrecerte. Generalmente terminas por aislarte, por encerrarte en lo conocido, por rechazar lo que no es ‘lo tuyo de siempre’, por buscar la compañía exclusiva de los que son como tú. Muchas veces esa experiencia acaba siendo frustrante, solitaria y hasta dolorosa para un extranjero, esté donde esté”.

A veces cuesta clasificar un cambio como ‘a mejor’ o ‘a peor’, simplemente es una evolución vital influida por las circunstancias
“Bruselas me ha cambiado mucho, me ha hecho más realista. Ahora conozco mejor cómo funciona el mundo, sus limitaciones y oportunidades”, confiesa María, periodista afincada en la capital belga desde hace 6 años. “Creo que ser testigo en primera línea de cómo se mueven los engranajes económicos y políticos, de cómo se toman esas decisiones que nos cambian a todos la vida me ha dado otra perspectiva menos idealizada del mundo (e ideologizada)”, admite la joven madrileña. Además, María explica que se ha vuelto más ‘europea’ en lo que respecta a horarios, y cuando está en España de visita es para ella una “tortura” esperar a comer hasta las tres de la tarde y aguantar con los ojos abiertos hasta las tres de la mañana para salir de fiesta por Madrid.

Roca explica que cada uno tiene su personalidad y su vivencia. No se trata de que todos los extranjeros en una ciudad sean iguales, sino que “cada uno debe saber con claridad qué busca en esta aventura”. Desde su experiencia personal como extranjera, explica que “todas y cada una de las ciudades [en las que ha vivido] tienen un carácter concreto, y todas me han ayudado a moldear, pulir y conectar con diferentes aspectos de mi forma de ser. Otros se han mantenido inalterables… y la totalidad de ellos me hacen ser quien soy”.

Los extranjeros somos un “Work In Progress” permanente, bromea Roca.