Dejar España no es fácil. Renunciar al hogar, el buen clima, la comida, las terracitas, los amigos y, por supuesto, a la familia. Supone abandonar todas nuestras costumbres, los sabores, el idioma e incluso los olores a los que estamos acostumbrados desde pequeños. Dejamos esa sensación de seguridad para enfrentar un ambiente nuevo y al que cada cual tendrá que adaptarse a su manera, en más o menos tiempo. Pero, inevitablemente, lejos de casa siempre tenemos momentos de nostalgia e incluso de soledad, sobre todo cuando vivimos alguna situación difícil. “Los seres humanos tenemos un sentimiento de pertenencia, es un deseo natural”, cuenta la psicóloga Lola de Miguel. “Cuando perteneces a un grupo te sientes más fuerte y más sostenido”, dice, por eso, cuando nos vamos fuera “si no hay pertenencia a ningún grupo suele costar más sentir seguridad”.

Un factor (entre muchos otros) que influye en la adaptación y el humor de los expatriados es el clima. “La luz es muy importante y afecta mucho al estado de ánimo”, dice de Miguel. Así que pasar de vivir en España, donde hay más horas de sol y nuestro cuerpo crea un alto nivel de melatonina, a pasar a vivir en el norte de Europa, donde hay muchas menos horas de sol, tiene más efectos de los que pensamos sobre nuestro humor. “El cambio de horas de luz le pesa a todo el mundo, afecta incluso al sueño, y también nos influyen los cambios en la alimentación”, cuenta de Miguel. Se trata de muchas circunstancias que se suman y que pueden crear “un impacto importante en el estado de ánimo”.

Sin embargo, no toda soledad y nostalgia es igual. “Hay que diferenciar entre los que nos vamos porque queremos un cambio y los que se van por necesidad porque en España no ven posibilidad de trabajo”, cuenta Elizabeth Pietrocola, residente desde hace dos años en Dubai. Pietrocola abandonó España por la ilusión de crecer profesionalmente en el extranjero, por lo que asegura que no suele tener sentimientos de nostalgia. “Claro que hay veces que echas de menos a tu familia, pero con las nuevas tecnologías ahora todo es mucho más fácil”, asegura.

Según la psicóloga Lola de Miguel, hay gente más nómada por naturaleza y “con mayor capacidad para adaptarse”. Pero aún así, van a existir momentos en los que todos los expatriados que han dejado su casa, sus amigos y su familia experimenten añoranza por los suyos. “Va a llegar siempre que se den situaciones de adversidad estando en el extranjero”, asegura de Miguel

Cristina (nombre ficticio para preservar su anonimato) vive en Bruselas desde hace dos años y explica que es muy independiente pero que, desde que vive en Bélgica, se ha sentido sola muchas veces. “Creo que es algo que me transmite la ciudad, ya que es un lugar de paso de donde casi nadie es originario y las personas vienen y van en tu vida”, explica Cristina. “Cuando te acostumbras a tener a alguien cerca, de pronto puede irse de un día para otro”, añade aludiendo a la movilidad de los emigrados. Este punto de vista también lo comparte Pietrocola, que a pesar de que casi no echa de menos su casa, sí admite que “todo el mundo se siente un poco solo a veces, y más viviendo en Dubai, que es una ciudad de cultura musulmana”, cuenta. Además, la ciudad también es “un lugar de paso, por lo que es complicado hacer verdaderos amigos”.

Y es que precisamente para afrontar esta falta de lazos fuertes es necesaria “una gran dosis de optimismo, hay que ser positivo”, aconseja de Miguel. “Hay que valorar y ver qué es lo que puedes aprender de esta situación, cómo hacerte más fuerte”, añade. Según la psicóloga, uno de los errores más recurrentes cuando nos sentimos solos es caer en la negatividad, lo que genera consecuencias aún peores: menos ganas de relacionarte, incomunicación y cerrarte en ti mismo.

Entrar en un bucle de negatividad puede sacar nuestros sentimientos más pesimistas, y más todavía cuando nos aislamos puesto que los retroalimentamos y nadie esta ahí para interrumpir el círculo vicioso. Por eso, los expertos aconsejan rodearse de buenos apoyos y saber pedirles ayuda

Desde su propia experiencia, Pietrocola asegura que al final el cuerpo “se adapta” a estar lejos de casa y todo lo que echas de menos “se acaba relativizando”, pero siempre “depende de tu carácter y de los motivos por los que estás lejos”, cuenta. En el caso de Sánchez, sí admite llevar mal la distancia de sus seres queridos. “Cuando recuerdo mi vida en Barcelona lo asocio a la felicidad, la amistad, la familia… Para mí Bruselas es trabajo y Barcelona es vida”, asegura. De Miguel explica que otro error común en el que se suele caer cuando se tiene un estado de ánimo bajo en el extranjero es comparar. “Se tiende a idealizar lo que has dejado atrás en España y empieza un proceso de aislamiento”, cuenta de Miguel.

“Cuando aparece la negatividad o la añoranza hay que recordarse a uno mismo el propósito de estar en ese lugar”, explica de Miguel. La psicóloga subraya que es importante que los emigrados se esfuercen en recopilar las cosas positivas y enriquecedoras que les aporta vivir en el extranjero, en especial los días que sufran un bajón en su estado de ánimo. “Acordarse de que si la vida te lleva a ese lugar hay que ver qué puedes aprender de este sitio”, añade. Al final, la soledad, que muchas veces es más una sensación que un hecho, acabará disminuyendo: “Desaparece porque uno se acaba adaptando”, dice de Miguel, pero hay que tener cuidado si hay un proceso de inadaptabilidad, porque cada día podría ser un suplicio. “Se tienen que saber gestionar bien estos sentimientos”, advierte la psicóloga.