No hay despedida sin drama. En el imaginario colectivo español quedó grabada la conmoción causada por el viaje de Chanquete al más allá y el adiós hasta al año que viene de ese grupo de niños, extremadamente bronceados por el sol de Nerja, en la mítica serie Verano Azul.

Pero hay más shocks por despedidas y también más recientes. A lo mejor no tan empalagosos pero igual de dolorosos. Hay despedidas, incluso, para siempre. La crisis, los másteres internacionales, las oportunidades laborales en el extranjero, los programas Erasmus y Leonardo, las ganas de aventura y las relaciones a distancia con amigos, familia y pareja han propiciado que los aeropuertos se conviertan en auténticas salas de teatro donde el atrezo minimalista es reducido a un simple objeto: los kleenex.

Las despedidas son difíciles, tediosas, llevan su tiempo e incluso pueden ser sorpresa. A veces son a la ida y a veces a la vuelta. ¿Recuerdas en cada aventura de quién te despediste al marcharte y de quién al regresar?. Son tantos los que van y vienen que hay hasta quién ha protagonizado, sin quererlo, más de una. Llegar a un bar en el que sólo pretendías tomar una caña rápida antes de irte y encontrarte a todos tus amigos entonando el Un beso y una flor de Nino Bravo… eso ha pasado.

El drama es a la despedida lo que la levadura a la cerveza. Sin embargo, es inversamente proporcional: cuantas más despedidas a las espaldas, más fríos nos volvemos. Porque sabemos que muchas son definitivas. También depende del nivel de hormonas, y del tiempo, intensidad y grado de consanguinidad de las relaciones afectadas.

Lo de las madres es capítulo aparte. El síndrome del nido vacío que sufren es digno de estudio. Se sientan en tu cama perfectamente estirada y pasan las manos por el edredón como si no fueras a volver jamás. Pensando en el “qué estará haciendo ahora” se dirigen a la cocina, donde tienen una caja en la que van echando productos imperecederos que poder enviarte a la otra parte del océano, porque claro, allí no hay azúcar, ni jamón serrano, ni galletas Chiquilín, ni colacao…

Las despedidas Eramus merecen mención especial porque son reuniones de drama queen. Y esas sí que son largas (aunque amenizadas con alcohol) y llenas de abrazos y lágrimas ininterrumpidos. Los que crean que esta lectura es extremadamente exagerada es porque no han estado “dentro de la casa” encerrados diez meses, saliendo, conociendo, visitando, bailando, tricotando tejido social. Los que han formado parte de ese ecosistema vivirán las despedidas Erasmus como una boda gitana, porque los estudiantes de intercambio no se van a la vez de la ciudad de acogida. Primero hay que decir adiós a Iza la polaca, luego a Chico el portugués, después a Andreas de Munich, el jueves hay cena italiana con los de Roma, el viernes prometiste hacer tortilla de patatas a los ingleses, el sábado es la fiesta oficial de todas las universidades juntas, el domingo se va Janik el de Ámsterdam y, el lunes, Clöe, la de Zurich, invita a unas birras en el parque porque al ser suiza es a la única a la que queda dinero en la cuenta a estas alturas del partido…

Decir adiós es muy amargo cuando intuyes que es para siempre. Se mezclan muchas sensaciones opuestas porque te mueres de ganas por el cambio que viene, pero llevas tantas experiencias en la mochila que será difícil encajarlas en tu nueva vida, donde quiera que sea
Y porque en ese momento eres consciente de que te vas y que la decisión es inamovible. Y por eso empiezas a hacer llamadas a lo imposible y a poner en tu boca planes poco realistas pero a los que en ese momento darías un 100% de éxito.

La mejor manera de afrontar una nueva vida es llorar mucho en tu despedida para cargar las pilas con tanto amor, intercambio de Facebook, emails, Whatsapp, Instagram y demás redes sociales. Te ves prometer cientos de veces que volverás, y organizar y poner sede para la nueva quedada multicultural para que sea más llevable la despedida a la vez que asumes que una nueva vida llega. Al final es mejor no mezclar lo que dejamos atrás y lo que empieza. ¿O sí?