Te dicen que vas a Miami y la cabeza se te llena de ideas preconcebidas. Pero, al poco de llegar, la realidad da un bofetón a tu elucubraciones. Aquí van 10 desengaños y verdades como puños que comparten muchos de los que aterrizan en esta ciudad de Florida.

 

1. ¿Esto es a Estados Unidos? Geográficamente, sí. Y verás mucho la bandera (sobre todo en trajes de baño), pero cualquier parecido con el ambiente yanqui que te imaginabas es pura coincidencia. Miami no es Estados Unidos, es la capital de Latinoamérica, la ciudad con mayor proporción de habitantes nacidos en otros países del mundo. Según en qué barrio te encuentres, sentirás que estás en Cuba, en Venezuela, en Colombia, en Argentina, en República Dominicana… Tendrás que conducir un par de horas hacia el norte para adentrarte en la América profunda y dejar atrás la atmósfera latina.

2. Voy a mejorar un montón mi inglés. Eso es lo que te pensabas al llegar. “En cuestión de un año, seré bilingüe”, te dijiste como si fuera 1 de enero. Pero luego te diste cuenta de que aquí se habla de todo menos la lengua de Shakespeare. “Y para qué demonios he estudiado yo tanto inglés?”, pensarás. Para llegar hasta aquí tuviste que estudiar en academias, aprobar el TOEFL con buena nota, traducir tu CV y demostrar en un par de entrevistas por Skype que tu inglés era alto y dabías desenvolverte. Todo para que, en la aduana, el oficial Joe Pérez te dé la bienvenida en un spanglish que pasará a ser el pan de cada día: “Welcome to Miami, miamol”.

3. Jamás volveré a usar la ropa de abrigo. Con más de 3 mil horas de sol al año y una temperatura media anual de 24 grados, en Miami siempre hace bueno. Son las Canarias del Yuesei. Al menos al aire libre… porque en el interior de cualquier sitio te hielas debido al factor meteorológico del… aire acondicionado. Así que terminas cargando siempre con el jersey o la chaquetilla a todos los sitios, como si fueras de Burgos.

4. ¿He perdido el castellano?. ¿Cómo vas a cuestionarte tu nivel de español, si naciste en España y lo has hablado toda la vida?. En realidad, sólo crees que lo dominas, porque en Miami no te entiende nadie. Le pides al camarero cubano “leche templada” y se cree que te ha dado un calentón. Dices a tu amiga la argentina que tienes resaca porque ayer te cogiste una gorda, y se cree que te beneficiaste a una señorita entrada en carnes. Todo el mundo opina que ceceas porque pronuncias las ces y las zetas, y no te entenderán ni un refrán ni frase hecha. Terminarás aprendiendo español panregional: llamando “arvejas” o “chícharos” a los guisantes, “cotufas” a las palomitas y “cambur” al plátano. Sólo será entonces, cuando domines todos los acentos y vocabulario propios de Latinoamérica y te hayas hartado a entenderte a base de gesticular y de dar definiciones de palabras (¡ay si te viera un asiento de la RAE!), cuando podrás decir que dominas (de verdad) el español.

5. “Yo no voy a engordar” y otras promesas rotas. Todo el mundo escudriña tus fotos para ver si ya te has adaptado. Es decir, para ver si ya pesas 300 kilos… Pero no, tú no piensas engordar porque vas a hacer ejercicio y piensas cocinar lo mismo que hacías en casa. Pasados tres meses, súbete a la báscula… y llora. Llora amargamente. Aquí todo contiene mucho más azúcar… ¡cuidado!.

6. Me he olvidado del sueño del coche. Pensaste (porque sí,  lo pensaste y lo sabes) que podrías comprarte el coche que quisieras, porque en EE.UU. son más baratos. Efectivamente, en Miami verás todo tipo de coches de lujo. No sólo porque en muchos casos los precios son más bajos que en Europa, sino porque la mayoría dan opción de leasing a 3 ó 4 años. Pero no, no podrás comprarte el que tú quieras de primeras, porque no tienes el famoso “historial de crédito”, así que te terminarás comprando el coche que te dejen.

7. ¿Miami es peligrosa?. Ya no sabes si es por Corrupción en Miami, por Dexter, por Scarface o por CSI Miami, pero lo que está claro es que la ciudad está -al menos en tu mente- llenita de criminales. Y quizá sea verdad, pero es poco probable que los veas. Mientras no te adentres en determinados barrios a determinadas horas, no te ocurrirá nada. De hecho, no es raro tener la barbacoa y muebles de jardín al alcance de cualquiera, o dejar tu coche abierto, o tu bolso a la vista, o dormir sin echar la llave. Parece que los delincuentes tienen otros blancos.

8. Lo del ‘star system’… nanay. Si en algún momento creíste que  tus vecinos serían famosos (o famosillos) estás empezando a desengañarte. Aún no te has cruzado con Ana Obregón. Ni le has pedido sal a Alejandro Sanz. Y te gustaría decirle a Enrique Iglesias que quieres cortar el seto que separa vuestras casas. Y así con Antonio Carmona. Y Nacho Cano. Y Arancha Sánchez Vicario. Y Julio Iglesias. Y Carla Goyanes. Y Chabeli. Y Carme Chacón. Te pones a hojear revistas del corazón y parece que todos los españoles residentes en Miami son famosos. Pero no, no es habitual verles, ya que se va en coche a todas partes y algunos viven en lugares tan exclusivos como Fisher Island, a la cual sólo se puede acceder por ferry y siempre y cuando tengas un permiso del propietario.

9. No tengo el pelo tan largo. En España, tu abuela siempre elogió tu melena. “¡Qué pelazo, hija, lo tienes larguísimo!”, te decía cuando te llegaba a media espalda. Pero, hasta que no te paseas por Miami y ves hasta dónde puede llegar una melena, no sabes a qué re refieren ellos cuando dicen “largo”. Al sentarse, muchas se lo pisan: eso es “largo”. Por eso, cuando vayas a la peluquería a sanearte tu discreta melena, no querrán cortártelo demasiado. Terminarás echando de menos a aquella peluquera que te cortaba un palmo cuando tú le habías dicho que sólo saneara dos dedos.

10. Aquí llueve mal. Con el tiempo, has llegado a la conclusión de que es fundamental tener un par de chanclas en el coche y en la oficina, por si se pone a llover y no quieres calarte los zapatos con los charcos tipo lago Ness que se forman en las calles Miami. El sistema de filtrado de agua deja mucho que desear: confiaron demasiado en el sol.