Alguien en un punto X envía un mensaje para quedar virtualmente con alguien que, aunque antes estaba en un punto X, ahora está en un punto Y (o viceversa). Encienden sus dispositivos, activan la cámara, el micro y –si la maldita conexión a internet lo permite- se encuentran en una videollamada. La tecnología permite maravillas como esta y -en principio- es algo positivo. Pero… ¿seguro que siempre es así?

“Quedamos a las 20:00h mías, 15:00h tuyas”, reza este email tipo transfronterizo. Cuántas citas se reducen –como ésta- a sumas y restas de horas para ser convocadas mediante videollamada y ‘unir’ a personas separadas por cientos e incluso miles de kilómetros, fronteras y océanos. “Para mí hacer un Skype es casi como quedar para tomar un café. Normalmente acuerdo con alguien la hora para hablar. Son como ‘cafés online’ con los amigos que están lejos (tanto en España como en otros países) y hablamos de cómo estamos, nuestras novedades… Sin la videollamada no tendría la oportunidad de sentirme tan cerca de esos amigos y de poder interactuar más allá de mails o chats”, explica Neus, residente en Berlín desde hace cuatro años.

La no espontaneidad es uno de los incordios de estos encuentros virtuales, que pueden llegar a esclavizar cuando se convierten en una obligación rutinaria
Y este compromiso no implica sólo situar a los interlocutores frente a las pantallas, a una hora determinada, sin ruido y, obviamente, con conexión a internet: también compromete por tener que rellenar silencios, aunque no siempre hay tanto contenido como para que los minutos e incluso horas que puede alargarse la conversación sean siempre de provecho.

La coach Cristina Ramon, que ha vivido 18 años en el extranjero y que ahora mantiene la mayoría de sus sesiones por videollamada, considera que en el uso de Skype “cada persona tiene que encontrar su punto de equilibrio, disfrutándolo pero sin volverse dependiente”. Esta conexión con otros no deja de ser a su vez una desconexión de su nueva vida en otra parte del mundo y que es ahora parte de su día a día.

El contacto por videollamada parece tan real que a veces es demasiado y dejamos en un segundo plano lo que tenemos más cerca 
“Puede ser perjudicial si siempre se antepone una videollamada para mantener el contacto con gente de fuera, renunciando a hacer planes con los amigos -en mi caso- de Berlín. Al fin y al cabo cada uno tiene que seguir con su vida actual, no se puede vivir atado al pasado”, valora Neus.

En ocasiones, la relación a distancia es nostalgia y, en vez de disfrutar el presente, nos lamentamos pensando en lo que no tenemos, en dónde no estamos, en a quién no podemos tocar. Este espejismo puede generar estrés, soledad, añoranza o inadaptación. “Podría entender la relación amor-odio con la tecnología porque el usuario está demasiado pendiente de Skype, pierde oportunidades a su alrededor y tal vez no se esfuerza tanto por hacerse un círculo de amistades fuerte”, expone la coach.

“Sin duda, hablo por Skype más de lo que desearía, porque disfruto mucho de las conversaciones en persona”, explica Javi, que ha vivido ya en tres países y actualmente trabaja en varios países de Asia. No obstante, las ventajas son mayores que los inconvenientes para la mayoría, pues de no ser por esta maravillosa herramienta este periodista no habría podido ver a sus sobrinos crecer ni mantener una relación sentimental a distancia… Pero, ¿dónde quedan los besos, las caricias, la espontaneidad, los encuentros fuera de la pantalla…? “Es una suerte de sustituto, pero no suple la cercanía y el calor de verse y tocarse, claro”, se lamenta.

Demasiado lejos o demasiado cerca

Por otro lado, una conversación con alguien en un entorno completamente diferente puede alejar más que otra cosa, puesto que en la conversación se enfatizan las diferencias y se evidencia la enorme distancia existente entre el día a día de uno y del otro. Clara mantuvo desde París una relación con su novio, en Indonesia: “Cuando nos explicábamos lo que habíamos hecho durante el día, nos dábamos cuenta de que mi domingo visitando un museo nada tenía que ver con su domingo de excursión en una reserva natural”.

La pareja acabó rompiéndose porque  “la tecnología conecta y permite que informes de tus experiencias a tu interlocutor pero no las puedes vivir con él”
“La tecnología no conquista, no toca, ni se despierta a tu lado”, sentencia.

¿Y qué ocurre entre las dos pantallas? Desde cenas románticas delante del portátil, a Skypes en pijama desde la cama, conversaciones en grupo en las que todas las voces se pisan, sexo virtual, desespero porque la mala conexión a internet no deja oír ni ver bien al interlocutor y los desfases ponen a prueba la paciencia de cualquiera, entrevistas de trabajo, marcarse un solo con el cumpleaños feliz para un pequeñajo, y enseñar a los abuelos a activar la cámara (después de que aprendieran a iniciar el programa). Una videollamada puede dar lugar a las escenas más extrañas que tan solo 10 años atrás no podríamos haber imaginado -pero muchos menos si tenemos en cuenta la expansión de la conexión a internet y la llegada de los smartphones-. Cristina Ramon, que en 2008 dejó de escribir cartas y emails para utilizar la videollamada, asegura que Skype fue toda una revolución. “De repente el mundo se hizo pequeño”, explica cuando recuerda sus primeros pasos torpes con esta herramienta. “Skype permite sentirse ‘acompañado’ en ambientes o circunstancias de soledad. Además, estar fuera implica perderse muchos momentos importantes y la videollamada te permite ‘estar allí’ en la distancia”, valora. Lejos quedaron esos reencuentros en Ibiza, su tierra natal, cuando volvía después de meses y años, y por fin podía tener largas charlas con sus familiares y amigos. Los “¡cómo has cambiado!” ya han pasado a la historia.