El novelista y ensayista griego, Petros Márkaris, recuerda en su libro ‘La espada de Damocles’ por  qué Bruselas fue elegida de la sede de las instituciones europeas (y de la OTAN). En los años cincuenta y sesenta, cuando la incipiente Comunidad Ecónomica Europea buscaba una capital donde anidar, se decantó por la ciudad belga. La leyenda cuenta que es porque se encontraba en el centro de los países del Benelux (Bélgica, Holanda y Luxemburgo), los primeros en unirse para comerciar carbón y acero sin aranceles; otros por su geografía. Pero la realidad es mucho menos romántica: Bruselas es discreta, sin grandes pretensiones, un país joven nacido de las revoluciones burguesas del siglo XIX. Los políticos de entonces no quisieron avivar la rivalidad entre grandes ciudades como París, Bonn o Roma, así que eligieron a la capital belga.

Pero entre su discreción, Bruselas posee una complicada situación geopolítica que ha tenido épocas de mayor o menor tensión. Bélgica es un país en el que se hablan tres idiomas oficiales: el francés, el flamenco y el alemán (muy minoritario, en el este del país). En el norte del estado se habla flamenco; en el sur, francés; y, en Bruselas, ambos, porque se encuentra geográficamente en Flandes pero la mayoría de su población se expresa en francés. Y en este entramado se instala el mundo de las instituciones europeas. “Los valones y los flamencos no son los únicos que viven separados”,  recuerda Márkaris.

Y es que los extranjeros que trabajan para las instituciones europeas tienen poco contacto con la realidad belga y su población autóctona. En general, los funcionarios y trabajadores alrededor de la Unión Europea (conocida, como Brussels Bubble o “Burbuja europea” en inglés) suelen entablar relaciones estrechas con los de su propia nacionalidad o con otros internacionales que se mueven en entornos similares
A menudo se ha lamentado la falta de integración de la población no europea en los barrios de las grandes ciudades de la Unión, pero lo cierto es que los ciudadanos de los Estados miembros también viven en  submundos al margen del ritmo y actividad de la ciudad. Suelen frecuentar los mismos ambientes, acudir a las mismas actividades, quedar en los mismos lugares de ocio y frecuentan un barrio: los alrededores del conocido como ‘barrio europeo’ (pero cuyo nombre oficial es Quartier Léopold), en el que se encuentran los edificios del Consejo y la Comisión Europea y, a 15 minutos de distancia, el Parlamento Europeo.

En el centro del barrio europeo se encuentra la parada de metro de Schuman. Alrededor suyo se erigen todos los edificios que trabajan de forma directa e indirecta con la UE y que están flanqueados por decenas de pubs irlandeses que se llenan de expats e inmigrantes europeos y en los que idioma predominante es el inglés. Según los últimos cálculos de la Universidad Libre de Bruselas, alrededor de 50.000 personas desarrollan en la capital belga un trabajo con algún tipo de relación con la Unión Europea. Pese a ser una fuente de ingresos para la ciudad, muchos bruselenses lamentan que el coste de vida haya aumentado por la presencia de los trabajadores europeos. La región de Bruselas duplica la media nacional de la tasa de paro -un 20%-, y pese a ello tiene una de las mayores rendas per cápita de Europa. Es la tercera tras Londres y Luxemburgo, a causa de los altos sueldos de los funcionarios europeos que de media oscilan los 70.000 euros anuales, frente a los 38.300 del país.

Cécile es historiadora y socióloga y reside en el barrio europeo. “No trabajo para la UE, ni tampoco mi familia. Vivir aquí a veces me hace sentir una extraña, todos mis vecinos me hablan en inglés”, explica. Vive en una maison de maître del siglo XIX, típica casa de altos techos, varios pisos y un sinfín de escaleras, herencia de sus abuelos. “Me mudé aquí al casarme, yo heredé la casa, pero una de las razones que nos hizo trasladarnos aquí en los sesenta es que entonces el barrio era barato”, cuenta Géraldine. “Pero luego, al traer aquí las instituciones de la UE, empezaron a venir trabajadores y buscaban casas como esta; muchas se destruyeron para construir oficinas, pero otros vendieron las casas por precios que sólo pueden pagar los funcionarios europeos”. “

Lo interesante de Bruselas es que los funcionarios han traído riqueza a la ciudad, pero también más desigualdad; han reforzado un sentimiento de vivir en ciudades paralelas”, razona esta belga

Cécile dice ser la única belga que vive en su calle, el barrio que ,pese a que tiene sus zonas residenciales, está rodeado de oficinas cuyas calles quedan prácticamente sin vida durante el fin de semana: muchos restaurantes y bares sólo abren de lunes a viernes y los supermercados de alrededor de la zona están destinados a hacer pequeñas compras. En algunos sobre todo hay comida pero, por ejemplo, no venden pasta de dientes.

La ciudad paralela también se hace visible en los lugares de ocio. Los funcionarios, jóvenes de prácticas, trabajadores de las instituciones, consultores,  periodistas… suelen frecuentar todos los jueves la plaza de Luxemburgo (conocido como Place Lux), frente al Parlamento Europeo. Rodeada de bares y restaurantes, es el punto de encuentro habitual de muchos de los que trabajan de forma directa o indirecta en la UE. El idioma por excelencia: el inglés. “Es una tradición ir a Place Lux”, explica Alexandra, finlandesa que trabaja en la Eurocámara. A penas habla francés: “no lo necesito”, justifica. Vive desde hace cuatro años en la capital belga y, ante la pregunta de si tiene amigos belgas, contesta tajante: “No. Todos mis amigos son de diferentes países europeos, pero ninguno belga”.

Una de las razones por las que se suele ir el jueves por la noche a Place Lux se debe a que los viernes la actividad parlamentaria desciende prácticamente por completo, dado que en el último día de la semana los eurodiputados y sus asistentes suelen viajar a sus países de origen al acabar la jornada. “Los jueves son sinónimo de Place Lux”, resume Alexandra. Mariana, una portuguesa que hasta hace poco trabajaba en la Eurocámara, niega que Place Lux (o ‘Plux’, como ella lo llama) sólo sea ocio. “Aunque cueste creerlo, a veces es un lugar para conocer a gente que puede ayudarte con el trabajo. Yo misma encontré un puesto gracias a las relaciones en Place Lux. Es un lugar inevitable para hacer networking e importante para moverte en la burbuja europea”, asegura.

“Me es totalmente desconocido el barrio europeo”, asegura Barbara, una bruselense que trabaja en markéting. “Ahora estoy buscando dónde comprar un piso y es en uno de los barrios en los que no estoy buscando”, explica. “No entiendo la Unión Europea. Creo que es bueno para la economía de la ciudad, pero no nos mezclamos con los eurócratas [nombre despectivo a menudo otorgado a los funcionarios europeos], porque se olvidan que, aparte de la UE, viven en Bélgica”, razona. “Jamás he ido a Place Lux. Un bruselense sale a tomar una cerveza a Cimetière d’Ixelles (al sureste de la ciudad) o incluso al centro, pero sería raro escoger el barrio europeo”.

“Tengo la sensación de que la división ha ido aumentando con el tiempo”, reflexiona Géraldine. “Por ejemplo, teníamos unos vecinos hace unos años que tenían un hijo que jugaba con nuestro nieto porque iban juntos al colegio. Luego lo llevaron a la Escuela Europea, que es gratuita para los funcionarios y, como estudia en alemán, ahora ya no recuerda el francés y ya no pueden jugar juntos”, lamenta. “Bruselas no es una ciudad con dos idiomas, es una ciudad que tiene una ciudad eurócrata dentro”, zanja.

Esta burbuja es cerrada e inaccesible incluso para otros emigrantes europeos que no trabajan en este ambiente. Jorge, cuando vivió en Bruselas y trabajaba en un hotel, pudo comprobar la endogamia que respiran los trabajadores europeos. “Es muy difícil entrar en este grupo”, afirma. Como en la típica imagen de un instituto estadounidense -dividido entre grupo de animadoras, empollones y jugadores de fútbol americano- en el comedor de estas instituciones se agrupan los becarios, contratados, funcionarios y administradores (nivel superior dentro de la escala funcionarial). “Es entre un highschool y un senado romano”, ironiza. Este joven cuenta que fue invitado por un amigo suyo a una fiesta de trabajadores de instituciones europeas. Harto de que le preguntaran a qué se dedicaba y de que la gente sólo mostrara interés en currículums y contactos, se inventó una historia paralela para tomar el pelo al séquito de profesionales networkers: “Soy asesor de arte”, dijo haciendo referencia a una comisión inexistente. Y empezó a dar consejos a los novatos sobre cómo meter la cabeza en el mundillo y conseguir un empleo.

La burbuja europea afecta a belgas e inmigrantes por igual y, cuando se forma parte de ella, sólo cogiendo mucha perspectiva se puede uno dar cuenta de que, si quiere que explote, tiene que pincharla desde dentro.