“Una experiencia única”, “te cambia completamente la vida”, “desde ese momento nada vuelve a ser igual”. Estos son algunos de los tópicos que se emplean con frecuencia para describir la aventura de convertirse en padres. Pero para miles de personas que viven fuera de su país el revolucionario proceso de dar a luz una nueva vida viene acompañado del desafío de hacerlo en el extranjero, alejado de la familia y en un entorno distinto que maneja otros códigos culturales.

“Ser padre es un reto en cualquier circunstancia, pero a distancia todavía más”, asegura Soledad, una profesional de la comunicación y el marketing que reside en Los Ángeles desde hace seis años. Esta extremeña, que se convirtió en madre por primera vez hace apenas unos meses, no tuvo dudas sobre el lugar en el que nacería su hijo ya que su residencia estáactualmente en la ciudad californiana, y añade que no experimentó dificultades por llevar adelante su embarazo y parto al otro lado del mundo.

Un mensaje de tranquilidad al que se suma Adriana, una barcelonesa afincada en Sídney que tras dar a luz a su primer hijo en su ciudad natal decidió que el segundo lo haría -justamente- en las Antípodas. “La verdad es que mi segundo parto, en Sídney, fue fantástico. Tienen un sistema médico muy bueno, un apoyo a nivel de comadronas y ayuda post-parto espectacular y están muy acostumbrados a asistir a mujeres que no tienen familia directa allí”.

Adriana, que además es hija de ginecólogo, considera que la decisión sobre el lugar en el que dar a luz es “muy personal” y depende de las circunstancias particulares de cada uno, pero se deshace en elogios hacia el sistema sanitario y el seguimiento posparto australiano que “fue mucho mejor” que el recibido en Barcelona.

Por otra parte, la experiencia de ser madre en Sídney la ha hecho sentir “un poquito más australiana” y ha conseguido estrechar los vínculos con su país de adopción.

Pero no todo son alabanzas. Afrontar la maternidad en el extranjero implica una dificultad insoslayable: la falta de apoyo directo de la familia y del círculo de amigos más íntimos que se encuentran a varios miles de kilómetros y muchas horas de diferencia horaria. Una simple llamada de teléfono a la abuelita para preguntarle sobre los cambios que experimenta el bebé se convierte en una misión imposible cuando a tus 10 de la mañana son las tantas de la madrugada en España y -desde luego- la posibilidad de dejar al niño a su cuidado está descartada.

Pero en opinión de los expertos esa aparente complicación no debe ser una barrera. La coach  Mar Meneses, especializada en ofrecer apoyo a deportistas de élite, considera que los esquemas mentales “sirven únicamente de muleta para seguir adelante” por lo que estar en el extranjero no debe impedir afrontar la maternidad “ni tampoco debería ser una carga”, y recuerda que también hay padres que tienen a sus hijos en su ciudad natal y por diferentes razones “no cuentan con sus abuelos ni con la familia más directa”.

La familia-internet

Sin embargo, las mamás viajeras no sólo perciben como un desafío afrontar la maternidad sin el apoyo de sus parientes, también les preocupa la ausencia de vínculos afectivos que los niños puedan desarrollar respecto a esa familia lejana, de la que oyen hablar con frecuencia pero a la que nunca ven. De nuevo Meneses arroja optimismo y destaca que nada indica que el ser humano tenga que estar anclado al lugar en el que nació por lo que esa experiencia puede entenderse como “una oportunidad”. Y en ese proceso de adaptación al entorno, 

las nuevas tecnologías son unas grandes aliadas que permiten no sólo comunicarse con más facilidad con los suyos –hasta el extremo de retransmitir partos en directo- sino también compartir dudas e intercambiar puntos de vista.

Grupos de Whatsapp con personas próximas que hayan sido madres recientemente o el uso de los socorridos motores de búsqueda para aclarar dudas sobre la evolución de los niños en los primeros meses de vida ayudan a estos padres viajeros a “encontrar un poquito de sentido común y tranquilidad” –como expresa soledad- en esa gran aventura que es dar la bienvenida a un nuevo ser vivo.