Salir de la zona de confort, arriesgarse al fracaso, adaptarse a miles de situaciones nuevas, convivir con una nueva sociedad, una lengua extranjera, afrontar la soledad, las crisis estando solo… Las experiencias como expatriado son múltiples y de lo más diversas. Cuando decidimos emigrar al extranjero, sea cual sea el motivo que haya detrás, sabemos solo una cosa: que nuestra vida ya nunca va a volver a ser la misma. Independientemente de cuánto dure nuestra experiencia viviendo en el extranjero, las situaciones a las que uno se enfrenta son tan variadas que ponen a prueba nuestra capacidad de adaptación, de tolerancia y de aprendizaje. Es un reto que curte (y mucho), y probablemente nuestro progreso no sería tal si estuviéramos en nuestro círculo tradicional de casa-amigos-familia.

Por estos y muchos otros motivos, los emigrantes suelen sentir una cierta satisfacción y orgullo por haberse atrevido a vivir toda esta explosión de vivencias nuevas, a veces emocionantes y otras veces muy difíciles y complicadas. “Nos solemos valorar más y sube nuestra la autoestima porque hemos sabido enfrentarnos a retos y superarlos”, explica la psicóloga especializada en expatriación Aminta Acosta. Entonces, cuando vuelves a tu ciudad de origen por unos días, o ya definitivamente, en tu contacto con amigos u otras personas que no han tenido una experiencia como la tuya puede aparecer el peligroso sentimiento de soberbia. “Hasta un punto es normal que, al principio, incluso de una manera inconsciente, aparezca una cierta soberbia”, reflexiona por su parte la psicóloga Lola de Miguel. “Has tenido una vivencia tan fuerte que luego la quieres contagiar a los demás o a veces imponer, y allí es donde puede aparecer la soberbia”, añade.

Silvia Rodríguez, que fue expatriada en Frankfurt (Alemania), cuenta que al regresar a su ciudad de origen -Alicante-, sintió una cierta soberbia al volver a encontrarse con sus antiguos amigos. “Fue inevitable. Yo sentía que había vivido tantas cosas, que había visto tantos lugares y gente nueva… sí, admito que tuve un ligero sentimiento de superioridad”, señala esta expatriada. Según explica la psicóloga de Miguel, hay que tener cuidado con la soberbia, ya que “es una trampa del ego”.

“Puede suceder que, de repente, por una serie de experiencias, ahora tengas un poder que antes no tenías  y esto lo transformes en soberbia”, cuenta la psicóloga. “Es fácil y normal caer en este tipo de actitudes”, señala

David Viñal, expatriado en Berlín (Alemania), no siente que tenga una actitud soberbia, al contrario. “Precisamente el estar fuera me ha enseñado a valorar a cada persona en su singularidad y entiendo que cada uno tiene sus circunstancias y su camino”, cuenta David. Sin embargo, admite: “Sí es cierto que yo estoy muy orgulloso y contento con el mío y creo que mi experiencia me da un desarrollo personal y profesional muy importante que de otra manera quizás no hubiese tenido”.  Y es que debemos evitar que irnos fuera provoque un sentimiento de soberbia pero por supuesto podemos estar orgulloso de la experiencia. “Yo creo que haber sido expatriado no tiene nada que ver con la soberbia, sino más con el sentirse orgulloso de lo que has vivido”, dice la psicóloga Acosta. “En general, si este orgullo deriva en soberbia, es porque te estás comparando con los demás y tienes alguna herida de fondo”, añade Acosta.

Araceli trabaja en Barcelona y muchos de sus amigos han sido expatriados o lo son en estos momentos. Ella asegura que nunca ha notado que le hablasen con soberbia, pero sí con mucho orgullo -en el buen sentido- por la experiencia. “Básicamente porque te repiten 150 veces que han estado fuera”, reconoce riéndose Araceli. “Se nota que están muy orgullosos y siempre están comparando”, asegura. Precisamente la soberbia es un sentimiento que está también relacionado con la comparación con los demás. “Mucha gente pasa la vida comparándose y esto es lo que puede generar las heridas en la personalidad de cada uno y puede hacer que aparezcan sentimientos como la soberbia, el orgullo o incluso los sentimientos de inferioridad y de envidia…”, señala de Miguel.

En el caso de Sandra, que fue expatriada en París, reconoce que se siente orgullosa por haberse atrevido a irse pero también que le da la sensación de haberse perdido muchas cosas que sus amigas de su Madrid natal han vivido juntas en los dos años que ella no ha estado. Sandra lo que encuentra es incomprensión. “En algunos casos siento que saco un poco de soberbia, porque he vivido cosas que ellas ni si quiera están interesadas en vivir, y esto es lo que me impacta”, reconoce. “Me cuesta mucho entender que haya personas que no quieran salir de Madrid, que no quieran moverse fuera de su barrio de toda la vida”, dice Sandra, que parece que tenga que defender su posición y elección como emigrante. “Estoy haciendo un gran trabajo para tratar de aceptar a este tipo de personas, si no me sería complicado adaptarme a ellas ahora a mi vuelta a España”, admite. Esto es algo parecido a lo que le ocurre a Silvia Rodríguez, que no entiende la postura de los que se quedan. “Creo que se equivocan. Para mí simplemente se están perdiendo un gran placer en la vida, que es tener la posibilidad de hacer que tu personalidad crezca enormemente”, dice Silvia. “A veces creo que estas personas huyen de ellas mismas” decidiendo quedarse en España, añade. Pero es que éste es precisamente el error de superioridad.

Aunque en general hay un consenso sobre que las experiencias en el extranjero aportan muchas cosas positivas, tendemos a pensar que los que no han salido de España han progresado menos y es un tremendo error. Hay personas interesantísimas, con ambición, con vocación y con envidiables valores y conciencia que no han requerido de sumar millas y kilómetros en avión para ser como son. Y al contrario: hay muchos emigrantes y expatriados que no han aprovechado su estancia en el extranjero para crecer

Para la psicóloga Lola de Miguel, el verdadero aprendizaje también está en utilizar toda esa apertura que te da la experiencia fuera para entender que “cada persona sigue su camino y está viviendo la experiencia que tiene que vivir para su propio desarrollo”, señala. No todo el mundo se desarrolla yendo al extranjero, no todo el mundo se curte viviendo fuera; la conclusión es que hay muchas otras maneras de evolucionar y de desarrollarse y la expatriación es simplemente una más de ellas. Además, como recuerda la psicóloga Acosta, hay que matizar que en muchos casos la expatriación no es algo que se elige, sino algo que toca para obtener un mejor trabajo o una mejora en la oportunidades.

Sea como sea, lo que es necesario es “entender que hay múltiples formas y opciones de vida; y si uno no aprende a través de una experiencia fuera, ya aprenderá de otra manera”, dice de Miguel. “Ten por seguro que, a la persona que se queda, la vida ya le pondrá las circunstancias necesarias que le obligarán a evolucionar y a aprender, de una manera u otra”. Así que cuidado al volver cómo consideramos a los que nos reciben con los brazos abiertos.