No, no vuelves a casa por Navidad. Ni lobos, ni Almendros, ni muñecas de Famosa que se dirigen al portal. Este año te toca pasarlas fuera, lejos de los tuyos, lejos de las copiosas comidas que se alargan hasta la cena. Este año no habrá uvas, ni besugo, ni Reyes Magos.

No temas. Habrá otras cosas. Vinos de otras denominaciones de origen. Puede incluso que encuentres algo de marisco por ahí. Quizá estés a 30 grados, o a menos 25. Puede que al final, entre expatriados, colgados, amigos de un amigo… os juntéis más a la mesa que en una clásica cena con tíos y primos. Quién sabe, quizá tu concepto de las fiestas cambie y te des cuenta que están un pelín mitificadas. Lo que es seguro es que las Navidades fuera son una prueba de fuego para todo emigrado.

Lo primero de todo, porque sustituir a tu familia por amigos y compañeros de trabajo no es fácil. Nadie hace el cordero como tu madre. Y en cada casa hay una tradición, una forma de cocinar y cada uno tiene su tiempo de cocción. Seamos objetivos: por muy rico que este un Borgoña vigoroso y pesado con notas de regaliz en el paladar, a nosotros lo que nos gusta es brindar con nuestros caldos y tomar nuestros turrones, que –además- fuera de casa saben mejor. Pero al sentarnos en una mesa llena de tradiciones y rituales diferentes, uno debe ser flexible y evitar la lucha de diferentes tradiciones encabezadas la consigna del “en mi casa se hace así”.

Al final, la cabra tira al monte y, por mucho que nos adaptemos al lugar donde nos encontramos e introduzcamos manjares exóticos en un menú tradicional que no deja mucho margen a la innovación, siempre habrá alguien que saque el sobre de jamón ibérico envasado al vacío, algún curado de categoría y turrón, mucho turrón. Porque en España casi ni lo probabas, pero fuera sabe a gloria.

Y la variedad no sólo llega a los platos sino también a la compañía. Nos adoptamos unos a otros en nuestras casas porque todos somos algo huérfanos descarriados en Nochebuena. Así que a la muestra ecléctica de comida, decoración, clima y entorno… se suman la pequeña familia y amigos. ¿Dónde si no habrías pasado las fiestas con tu compañero de trabajo?

Dependiendo del país de acogida, la celebración variará más o menos respecto a la estándar, en función de la lejanía, de la frecuencia con la que viajes a España para hacer acopio de productos y del coste de los envíos. Unas Navidades en países asiáticos pasarán prácticamente desapercibidas y el español emigrado tendrá que hacer verdaderos esfuerzos por aparentar que esa noche es Nochebuena y mañana Navidad, entre tanto curry, sushi, pad thai, humedad, mosquitos y calor.

En países musulmanes, donde el cerdo no alcanza el nivel culinario que nosotros le otorgamos y encima no se celebra la Navidad, todo pasará de puertas para adentro. A excepción, claro está, de tiendas y centros comerciales que quieran aprovechar el tirón de los adornos y las diademas con cuernos de reno con luces y villancicos.

En países europeos, la cosa se asemeja más. Aunque es fácil que se junten diferentes nacionalidades y se mezclen -además de tradiciones- idiomas. Mercedes Pérez, gaditana recién repatriada de Zúrich, donde ha vivido tres años, explica que allí lo habitual es pasar la tarde bebiendo vino tinto caliente en el mercado navideño y… retirarse a casa pronto. “Sólo en España es normal ver gente por la calle después de las 5 de la tarde”, señala. Es en Nochevieja cuando la brecha cultural se hace clara y visible. “Los suizos no entienden eso de atragantarnos comiendo uvas y un castigo de un año de mala suerte por no hacerlo”, sostiene Mercedes. “Suiza es un país que acoge a extranjeros de muchas nacionalidades pero al final la Nochevieja consiste en la clásica fondue de queso”, advierte Mercedes. “Lo más llamativo de esa noche son los fuegos artificiales sobre el lago, un espectáculo precioso. Después, olvídate de la fiesta: salir de discotecas es un dineral, las copas en los bares son muy caras”, cuenta.

Nuestros hermanos italianos, de sangre caliente y cultura latina, sí festejan la última noche del año con rituales. A falta de uvas, buenas son las lentejas. “Y el sí quieres las tomas y si no, las dejas, no es opción”, señala por su parte Laura Llapart. “Son de tradiciones cristianas y castigos divinos. En Italia es vital cenarlas para evitar un año de mala suerte”, concluye. Tras algunos años viviendo en Roma, Llapart recuerda que lo que más echaba de menos era la magia de los Reyes Magos. “Mira que hay cosas a las que te acabas acostumbrando -dice- pero cambiar los camellos y las figuras de Melchor, Gaspar y Baltasar por la imagen de una bruja montada en una escoba entrando por una chimenea… ¡es algo a lo que no me hice nunca!”. Y es que en Italia, una bruja buena a la que llaman Befana dejará alguna sorpresa a los más pequeños de la casa el 6 de enero, pero en países como Francia, este día pasará casi desapercibido. Los vecinos galos tienen como tradición tomar Galette de Rois, un dulce de almendra bastante aséptico al que no tienen que quitar la fruta escarchada.

Para los españoles, los Reyes Magos son el colofón a tres semanas de desenfreno, comidas, alcohol, bailes y demás excesos. Además, lo de los Reyes es muy nuestro, y nos encanta. Sólo en España alargamos tanto estas fechas tan señaladas. Por lo general, fuera de nuestras fronteras, la vida vuelve a la normalidad después de la resaca del 1 de enero.

María Elena Miñán es experta en Navidades fuera de su amada Jaén. Azafata de vuelo, lleva en el extranjero desde 2001: primero en Reino Unido y ahora en Francia, donde reside. “No concibo unas Navidades sin el concierto navideño de Raphael”, sentencia. “Por culpa de vuelos y programaciones raras, he llegado a pasar Nochebuenas sola, y para combatir la nostalgia no hay nada como el Tamborilero y dejarse llevar”, bromea. “Pero no todo han sido cenas a base de pavo y pudín inglés. Alguna Navidad que me han mandando por trabajo a España, me he presentado en casa por sorpresa, como el Almendro. Lo típico que tu madre te hacía en cualquier parte del mundo y al final hay que sacar un plato más para cenar”, concluye.

Te pille donde te pille, lo mejor es no idealizar lo nuestro. La adaptación al medio será más fácil cuanto más receptivo y menos nostálgico seas. Con los años aprendes a valorar y disfrutar de los pequeños placeres que da la vida nómada. Unas fiestas así en otro país te acercarán todavía más a la cultura local y de alguna forma estarás más unido a ese país. Al final, pasar unas fiestas tan familiares lejos de los tuyos pondrá a prueba tú nivel de dependencia de la pandereta. Cierto es que los compatriotas extranjeros alucinan cuando les cuentas que en Madrid una de las fiestas más gordas, a día de hoy, es el ensayo de las 12 campanadas frente al reloj de la Puerta del Sol la víspera de Nochevieja. Pero también es cierto que cena en Nochebuena, comida en Navidad, cena en Nochevieja, comida en Año Nuevo, y hartura de Roscón la tarde del día de Reyes… ¡no hay cuerpo que lo aguante!.