El número de viajeros se multiplica cada año. La crisis económica y la necesidad de buscar un trabajo fuera, las ganas de aventura mochila al hombro, los MBA, las relaciones a distancia, el turismo y las aerolíneas low cost han multiplicado el tránsito de pasajeros en los aeropuertos. En estos no-lugares mezclan todo tipo de personas en todo tipo de situaciones, desde el aventurero inagotable perro flauta que recorre el sureste asiático con un presupuesto ínfimo, al ejecutivo que reside en París (porque es la joie de vivre) pero trabaja Manhattan.

Todos y cada uno de ellos forman parte de un atrezzo único que todo azafato y personal de tierra del aeropuerto domina a la perfección, fruto de muchas horas de oficio. Por ello, estos empleados pueden detectar a la legua cada uno de los perfiles de la fauna del aeropuerto así que se han unido para elaborar juntos el conocido informalmente como Manual del Pasajero Listillo (MPL, para los que llevan más en el gremio). Con el fin de clasificar con mayor claridad la especie a estudiar, se han fijado en el comportamiento que los pasajeros tienen en cada uno de los obstáculos que deben superar hasta que su vuelo está en el aire. Así, observando en plena acción al sujeto de análisis, éste queda expuesto a su naturaleza.

 

1. Check in

  • El del reloj. “¡Menuda cola!, ¡Que no llego!”, se dice para sí mientras mira una y otra vez el reloj de su muñeca, y luego el de su móvil, y luego el de su muñeca, y luego el…  Pero ¿qué esperaba?, ¿que estaría solo en el aeropuerto?. Es el típico viajero acostumbrado a deambular por aeropuertos que cree tener todo controlado. Va de sobrado y de que conoce los secretos de la terminal, pero nunca se para a leer la letra pequeña, ésa que reza “no llegues tarde, nosotros no esperamos”. Claro, es el típico listillo que viaja frecuentemente y se piensa que puede ser más inteligente que el resto y apurar para perder menos tiempo deambulando por el aeropuerto. Se confía, piensa que lo tiene todo cronometrado y de pronto se queja del gentío. El hábito es lo que tiene, que de pronto te hace olvidar los contratiempos.
  • El excesivamente agradable. Las llegadas a los aeropuertos suelen ser, por le general, bastante estresantes: prisas, atascos, taxis, maletas. Y por eso suele ser  anormal que un trabajador de tierra se encuentre con una persona extremadamente simpática y agradable. Sin duda, semejante sonrisa a las 5 de la mañana tiene una pesada explicación: exceso de equipaje. Con su simpatía y algo de magia pretende que el mostrador sirva de parapeto para esconder dos bultos de más.
  • El de la halterofilia. Pasajero que, con rictus rígido y demasiado forzado, no termina de soltar del todo y con aplomo la maleta en la cinta transportadora para aligerar su peso en dos o tres kilos (dependiendo de su fuerza).
  • El de la cara de perrito degollado. “Es que tengo un problema en la rodilla y me harías un enorme favor si me pusieras en un asiento que tenga pasillo y en la fila de salida de emergencia para estar más ancho, pero lejos de la fila 10 que es donde están los baños y también de la 18 que es donde suelen situar a los bebés, a no ser que quede toda una fila vacía o que la azafata que cubre las filas de la 20 a la 40 sea Jessica, que ya me conoce y me trata genial”. Ya, la rodilla.

 

2. Seguridad

  • El hastiado. El arco de seguridad es una experiencia traumática, tediosa y estresante para todos. Los pasajero no sólo tienen que desprenderse de su ropa, zapatos, joyas, llaves, cinturones, móviles etc. También deberán dejar en tierra sus perfumes preferidos, cremas de día y de noche, artículos de tocador, y demás productos de higiene con los que contaba. Llegados a este punto, el pasajero hastiado  sueña con encontrar una mesa libre donde reubicar sus pertenencias tranquilamente para poder volver a encontrarse consigo mismo. Él, que había puesto todo en orden como Monica de Friends. Aunque crea que es una injusticia, a lo Calimero, es una injusticia colectiva, así que haga el favor de apartarse y no fastidiar el ritmo.
  • El pasajero bussines: viaja con dos ordenadores, tablet, móvil, cámara de fotos, chaqueta, reloj, cinturón, empuja como si tuviera cinco brazos distintas bandejas y deposita en cada una de ellas cada uno de sus aparatos. Atraviesa el arco de seguridad y las pocas monedas que llevaba en el bolsillo, hacen que ala alarma suene más que una maraca de Machín. Confundido cual pollo desplumado, vuelve sobre sus pasos y repite la operación para acabar olvidando en alguna de las bandejas su smart phone de última generación, que es importantísimo para la humanidad y que contiene información trascendental.
  • El que te da a probar. Pasajero que mediante tretas seductoras intentará colar todo tipo de delicias regionales y querrá camelarse a los trabajadores de seguridad con una degustación de los productos que pretendía llevarse (después de que le pillen, claro). Sobornar al personal con una torrija bien empapada en leche puede ser raro en aeropuertos serios, pero está a  la orden del día en los españoles.

 

3. Embarque

  • El “¿me haces un favor?”. Pasajero que desesperadamente busca en la cola de embarque a un viajero sin equipaje al que poder endiñarle uno de los tres bultos que intenta colar de más para evitar pagar los 50 euros que cuesta una maleta en bodega. Totalmente verídico.
  • Pasajero boxeador. El que se pelea  y usa toda su fuerza con el medidor de maletas donde pretende hacer caber (sea como sea)  una presunta “maleta de mano”.
  • El cebolla. Poco más queda por explicar… Se trata del que, para evitar pagar el extra de equipaje, se pone encima todo lo que puede y entra en el avión ataviado con jerséis, cazadoras, fulares, bufandas, faldas sobrepuestas y demás enseres que hacen de él una cebolla a la que habrá que ir quitando capas en la fase de despegue.
  • El jorobado que camufla una mochila en la espalda poniéndose el abrigo encima de la misma, y pretende acceder a la aeronave arrastrando un maletita de ruedas como único bártulo.

 

4. Fase de crucero

  • El de la fe islámica. Pasajero que, a determinadas horas del día y como manda el rito, extiende una pequeña alfombra y se pone a rezar en dirección a La Meca, donde encuentra hueco. También está una versión extrema: la del que, “por creencias religiosas” no quiere ser servido por una mujer.
  • El provocador. Pasajero que ante la atónita cara de la azafata saca una navaja para pelarse una manzana. Sí, se han dado casos.
  • El de la tensión. Pasajero que se desmaya y sufre bajadas de azúcar para comer gratis (en los vuelos en los que la comida es sólo de pago).
  • El del regalito. Madre o padre que cambia el pañal de su bebé en la mesa abatible de su asiento y, muy amablemente, le da el usado a la azafata para que se haga cargo de semejante desecho.

 

5. Desembarque

  • El de “su tabaco, gracias”. Pasajero que cruza la cabina con un cigarro en la oreja. También está el que en la plataforma de salida del avión enciende un pitillo, sin esperar a las zonas designadas para ello en el aeropuerto, desatendiendo las normas de seguridad aérea y sin tener en cuenta las toneladas ingentes de combustible que hay a su alrededor.
  • El pasajero Lázaro o Lourdes. Dícese del pasajero que llegó al avión en silla de ruedas para evitar las tediosas colas de seguridad y las largas caminatas por la terminal, pero (¡oh, milagro!) cuando llega a su destino se levanta y anda, como si la visita a Lourdes hubiera surtido efecto y su incapacidad fuera solo pasajera
  • El ansioso. Ni siquiera se ha detenido el avión pero ya está abriendo los compartimentos superiores de la cabina para sacar su maleta y chaqueta. Cuando está permitido que los pasajeros se desabrochen los cinturones y se levanten, les da empujones, reparte golpes a diestro y siniestro mientras enciende el móvil, se coloca los auriculares, se peina, saca las gafas de sol, prepara su documentación (sí, todo a la vez) y mira hacia todos lados en la eterna espera hasta la apertura de puertas del aparato.