¡Ah, la playa! Llega el verano y los españoles de vida extranjera ven en todas las redes sociales a conocidos y amigos disfrutando del sol, el agua a 19 grados, las toallas perfectas y el chiringuito barato cerca. Pero no todo está perdido. En algunos países del norte de Europa también hay mar. Se aprovecha especialmente durante la única semana de verano en que éste hace acto de presencia. Y suele coincidir con aquella en la que los informativos españoles anuncian la “ola de calor en Europa” con imágenes de gente remojándose los pies en fuentes públicas y estanques. 

1. Unas playas -digamos- “diferentes”. En Bélgica y en Holanda, las playas están bañadas por el Mar del Norte y no, no son como las españolas. Hay chiringuitos, sí, y en algunos sirven cerveza de altísima calidad, pero nada de una canción del verano a todo volumen. En estas playas suele verse la típica estampa de pequeñas casetas de madera en la arena: la gente las alquila para resguardarse del siempre insistente viento del Mar del Norte. En Cádiz y en la Costa Brava también hay viento, sí, pero en el norte de Europa el viento hace que uno roce la desesperación, sobre todo porque la arena se cuela en todas partes y hace que -por un momento- te traslades al desierto del Sáhara.

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La playa de Ostende, Bélgica

2. ¿Dónde ir? La costa del Mar del Norte ofrece muchas localidades turísticas interesantes. Por ejemplo, en Holanda está el pueblo marítimo de Scheveningen, bastante animado y con su famoso muelle, así como la localidad balnearia de Katwijk. En Bélgica, una de las playas más codiciadas por los belgas es Knockke, en el noroeste del país, casi en la frontera con Holanda. Es la hermana pija de Ostende, un poco más al sur y más cerca de Bruselas. Hay zonas en las que es obligatorio alquilar una hamaca, los chiringuitos son en realidad casitas de madera con música chill out en la que sirven bebidas a 10 euros. La tierra es gruesa y a veces hay que caminar metros y metros de extensa arena negra hasta llegar al agua, que se encuentra a la par con la temperatura del hielo del mojito que te gustaría tomar en el chiringuito. En Dinamarca, cuyas costas están bañadas tanto por el Mar del Norte como por el Mar Báltico, puedes tender tu toalla entre ambas aguas en la localidad de Skagen, al norte del país. Otro destino de playa bastante conocido en Dinamarca es Sondervig, un lugar lleno de dunas en la costa oeste del país.

3. Plantar tu campamento en la playa. En España no hay amigos cuando se trata de encontrar un sitio a primera línea de mar: hay codazos, madres ojo avizor y listillos que plantan la sombrilla y la silla a las 7 de la mañana para reservar el lugar perfecto. En el Mar del Norte, no. Prácticamente se busca la cámara oculta porque no te puedes creer que siempre haya sitio en primera línea. Los belgas o los holandeses sí que se acercan a ese codiciado lugar, pero con timidez porque por la mañana la marea suele estar baja. Luego se van, pero los españoles -confiados- no son siempre conscientes de que, a medida que pasan las horas y casi sin darse cuenta, el agua ya está en la toalla. Parece que la naturaleza está de lado del negocio: cuando la marea sube, o bien decides pagar los 8,5 euros por la tumbona en la zona de “Sólo hamacas” o te tienes que desplazar durante casi un kilómetro para encontrar un lugar gratis donde volver a estirarte.

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La costa del Mar del Norte en Bélgica

4. El preciado valor de un rayo de sol. Hay que consultar la previsión del tiempo con antelación. Durante la semana de verano se habla de ella, se espera y se sueña con lo que uno se va a poner, porque todo el mundo sabe que el clima por estas lares es muy variable. Cuando por fin decides dar el paso y, después de una larga travesía hasta llegar a la costa, te plantas en la playa con tu campamento y amigos y te colocas frente al mar… de repente miras a tu alrededor y ves que algo no encaja. En efecto, sobre todo en el caso de los belgas, no miran hacia el agua, sino que a veces le dan la espalda y se mueven en función de la posición del sol. Ni los antiguos egipcios lo valoraron tanto.

5. ¿Lloverá o no lloverá? Esa es la cuestión. Aunque al final te acostumbras a consultar tres páginas web distintas para confirmar que el día de playa hará sol, alguna gota inesperada puede caer. En ese momento, si te encuentras en la costa, la gente no abandona la playa como en España (¡era EL DÍA D!). Como negando la realidad, se asume el destino del día playero, aunque la escena no deja de ser apocalíptica. Se encierran en sus bungalows de Decathlon o casitas de madera, mientras un socorrista corre para colocar la bandera roja, un proceso acompañado de una insistente sirena que suena para avisar a los bañistas que está prohibido acercarse al agua (y todos lo cumplen, que no quepa la menor duda). Steven Spielberg probablemente se inspiró en una playa del mar del Norte durante una tormenta para rodar las escenas de su película Tiburón.

6. Lucir tus mejores galas. En un pueblo de verano español, la tez morena, la camiseta que te trajo tu tía de Nueva York y la chanclas brasileñas son el uniforme. En Bélgica, en Holanda o en Dinamarca todo el mundo luce su melena (casi siempre rubia), sus bronceados, estilosos conjuntos sacados de cualquier revista de moda, las sandalias exquisitas y a veces una chaqueta fina. Seguro que muchos piensan, que hay que aprovechar la única semana del año en la que van a poder lucir sus conjuntados y selectos modelitos de verano. En cambio, tú miras tu mochila, tus zapatillas deportivas y tus brazos no bronceados, sino rojos porque infravaloraste (¡otra vez!) la potencia del sol del norte de Europa, y piensas que no vas a ir a ese restaurante a cenar a las seis de la tarde. Aún tienes que coger dos trenes, un metro y un tranvía hasta llegar a tu casa en Bruselas.