Ya están aquí esas fechas tan señaladas, ese momento en el que muchos expatriados vuelven a casa y experimentan toda esa explosión de emociones y de reencuentros que a veces producen alegría y otras… pereza o incluso estrés. Después del maratón de aeropuertos, maletas y abrazos, tienes que poner al día a todo el mundo de tus aventuras en tierras lejanas, a menudo comprobando que, cuando uno vuelve a casa no todo es tan idílico.

Las opiniones están divididas. Aunque es verdad que la mayoría suele sentir alegría y emoción por volverse a reunir con la familia y pasar momentos juntos, también hay quien siente rechazo a tener que concentrar en una sola semana toda esa gran dosis de familia que sin embargo ha echado en falta durante todo el año. Y lo cierto es que muchas veces al llegar a casa a empieza a aparecer esa extraña sensación de que todo sigue igual que siempre, acompañada de una cierta opresión en el pecho (acrecentada por la sobredosis de comida). Esos son los síntomas más claros del cuadro psicológico bautizado informalmente como “sí, que bien volver a casa, pero sólo por unos días”.

“Es un verdadero desequilibrio emocional”, confiesa Concha García, expatriada que vive en Colombia desde hace 5 años. “Lo vivo como una mezcla de ilusión, nostalgia, impaciencia, nervios… son muchas emociones juntas”, señala. Y es que la alegría por reunirse de nuevo con familiares y amigos puede venir acompañada también de “estrés”, tal y como explica Alejandra Carles-Tolrà, emigrante en Londres. “Los días antes siempre voy de bólido intentando preparar todo, planear y organizar mis días en casa”, dice Alejandra, que cuando está en su Barcelona natal en Navidad procura desconectar por completo de su vida londinense. Para Melisa, que vive en Bruselas, la Navidad es un verdadero suplicio. “Es una obligación para mí, un compromiso”, señala. “No me gusta la Navidad porque es una concentración de encuentros familiares muy intensos en los que suelen haber reproches y en los que me cuesta lidiar con tanta emotividad”, explica.

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Lo cierto es que ir de vacaciones en otra época del año permite que los reencuentros familiares sean más pausados, dosificados y que uno mismo pueda imponer su ritmo. En cambio, en Navidades las fechas son las que son y las citas son ineludibles. Y eso se mezcla con lo que cualquier vuelta a casa comporta: normalmente quedarse en una casa que no es propia, convivir con familia o amigos que hace tiempo no vemos, la sensación de estar de paso en tu casa, no encontrar las cosas que dejaste en equis lugar, tener que hacer papeleo y recados, disfrutar de las quedadas pero mirando el reloj para llegar a la siguiente, resolver eternos problemas que siempre están pendientes… Probablemente, si se puediera elegir, la mayoría de emigrantes que vuelven a casa por Navidad eligirían tener quedadas, citas y comidas normales, como si se tratara de un día más en su ciudad.

Una vez en casa, las cenas de Navidad generan tantos defensores como detractores.

Muchos expatriados, sobre todo los jóvenes, han perdido esa costumbre de “dar explicaciones”. Poner al día a los tuyos sobre la vida fuera de España en poco tiempo puede ser algo tenso, sobre todo con esos familiares o amigos con los que no acaba de haber feeling e incluso no comparten tu plan de vida. “Hay personas que quieren que vuelvas, que no entienden que vivas en el extranjero… y esto a veces lo noto cuando estoy con mi familia”, cuenta Inés Martínez, expatriada en Londres, que seguro que ha tenido que oír a menudo lo de “y entonces, ¿cuándo vuelves definitivamente?”. Y uno se pregunta: ¿qué es casa?

El asunto de la agenda suele traer de cabeza a los expatriados cuando vuelven a casa por fiestas. Se convierte en un verdadero reto el poder distribuir bien el tiempo para ver a todos los familiares y amigos, hacer recados, médicos y cualquier papeleo que sea necesario. A pesar de que las Navidades están consideradas “unas vacaciones largas” porque a veces pueden rozar las dos semanas, la mayoría de los que las disfrutan suelen tener la sensación de que el tiempo pasa volando. Y es que son unas vacaciones con mucha dosis (¿sobredosis?) de familia. Es por este motivo que hay que priorizar.

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Para Concha, que vive en Colombia lejos de sus hijos veinteañeros, la prioridad absoluta es pasar “el máximo tiempo posible con ellos”, dice. “Los amigos, inevitablemente, acaban pasando a un segundo término”, reconoce. No es así para Alejandra o  Tatiana, expatriadas más jóvenes y sin responsabilidades familiares que intentan pasar el máximo tiempo posible con sus amigos más íntimos. “La familia siempre es prioritaria porque es Navidad, pero mis amigos más cercanos tienen prácticamente la misma prioridad para mí”, asegura Alejandra. Y así empieza el rompecabezas para conseguir ver a todo el mundo y no morir en el intento.

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En cuanto a contar aventuras en el extranjero,  Concha opina que “el primer año te machacan mucho a preguntas, pero cuando ya llevas varios años se convierte en algo habitual y ya no hay tanta novedad”. Tatiana Admetlla, que lleva año y medio viviendo en Bruselas, señala que le gusta poner al día sobre su vida a su gente, aunque admite que le hace gracia el hecho de que le pregunten tanto: “Mi vida fuera no es tan extraña como se imaginan mis familiares. En realidad es muy normal pero me preguntan como si fuese otro mundo”.

Sin embargo, la mayoría de entrevistados coinciden en que las Navidades y los momentos con la familia siempre se valoran más cuando vives fuera. “Hay más nostalgia y valoras mucho más tenerles cerca, quieres aprovechar cada segundo con ellos”, asegura Concha

Uno de los grandes inconvenientes de volver en Navidades es que, después de toda la paciencia de la que uno ha tenido que hacer acopio para sobrevivir esos días de familia, amor, cariño, nostalgia, recuerdos, comidas en las que acabas a reventar, turrones, villancicos, berricnhes de los abuelos, piques con hermanos y alguna que otra discusión con tu padre… en definitiva, cuando ya te has vuelto a acostumbrar a estar en casa y has cogido el ritmo… resulta que llega el momento de volver. “Siento tristeza, porque se que tardaré en volver a verles”, cuenta Conchita, que vive en otro continente. “Yo confieso que hay cierta melancolía en las despedidas, es normal, pero también siento alivio, porque por fin vuelvo a recuperar la independencia y libertad que me da mi vida fuera de España”, admite Inés. “Para mí es lo más duro de vivir fuera”, dice Alejandra sobre la vuelta. “Cuando pasas unas semanas en casa, te acostumbras muy rápido a lo bueno y todas las emociones bonitas que te despierta la Navidad. Por eso, volver a la rutina laboral en un país extranjero suele hacerse más cuesta arriba”, añade.

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