Vanesa Lorenzo vivió en el extranjero y ahora es medio expat (entre Barcelona y muchas otras ciudades; pero, sobre todo, Nueva York). Esta peculiaridad hace que se sienta de todos lados y de ninguno. Es modelo, diseñadora y empresaria, explica que esta vida en movilidad permanente sólo es posible gracias a algunos pilares estables. En París no se sintió bien, Barcelona siempre será su ciudad y, Nueva York, donde siempre querrá irse a vivir.

 

Cuando has vivido en el extranjero, ¿has sentido que te aportaba más que hacerlo en tu ciudad natal?

R: Cuando te enfrentas a algo desconocido estando alejado de tu zona de confort familiar y cultural, te ves obligado a realizar un ejercicio de superación personal e incluso muchas veces emocional. Es un desarrollo que no hubiera tenido si no me hubiera marchado de casa a una edad tan temprana enfrentándome a un mundo de adultos. Vivir fuera me ha aportado tener una mente mucho más flexible y tolerante, ser autosuficiente y cultivar mi autoestima.

Vives entre Barcelona y Nueva York. ¿Cómo es ser ‘medio expat’, es decir, no vivir permanentemente en el extranjero pero pasar mucho tiempo allí?

R: Sin perder realmente mis raíces, no me siento de ningún sitio pero me siento de todos a la vez. A veces sientes una desconexión muy grande con gente de tus orígenes pero también las sientes con gente de esa segunda casa. Es difícil de explicar… Lo que sí que te aporta es una visión muchísimo más libre y amplia de la variedad del ser humano.

¿Cómo cambia viajar y vivir en el extranjero sola a pasar a hacerlo con familia?

R: ¡Enormemente!. Como individuo tienes que adaptarte para poder relacionarte con el entorno en el que estás sí o sí, algo que quizá (y sólo puedo imaginarlo porque no lo he vivido) cuando viajas en familia cambia, porque puedes tener una postura más acomodada y vivir en tu propio mini mundo aunque estés en otro país.

¿Crees que la gente que ha vivido en el extranjero es capaz de volver a instalarse luego en su ciudad natal? ¿o son incapaces de readaptarse?

R: En mi caso nunca rompí el lazo con mi ciudad natal, con lo cual es difícil para mí contestarte. Tengo amigos que están en esa tesitura y cuando han vuelto, aunque sea por temporadas cortas, les es muy difícil.

Si nada te condicionara, ¿dónde te instalarías un año?

R: Sin duda, en Nueva York.

Muchos emigrantes pueden disfrutar al irse a vivir y trabajar fuera porque tienen estabilidad en otro ámbitos de su vida, pilares que siempre están ahí. ¿En tu caso ha sido así? ¿Cuáles han sido estos apoyos?

R: Absolutamente. Si no hubiera tenido el pilar de mi familia ayudándome tanto en gestión como de forma emocional, hubiera tenido una experiencia completamente distinta y seguro que negativa. La tranquilidad y seguridad que te da una estabilidad familiar estando en constante movimiento no tiene precio.

 

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¿Cómo ha cambiado tu identidad gracias a haber vivido fuera y haber viajado?

R: No soy la misma persona que marchó con 18 años. He cambiado muchísimo y mi forma de vida nómada durante tantos años ha definido quién soy ahora.

¿Crees que vivir fuera te abre la mente, o la curiosidad y el interés son cualidades que pueden tenerse sin salir de casa?

R: Vivir fuera te abre la mente pero no tiene por qué darte la cualidad de la curiosidad. Es una cuestión de personalidad.

Cuándo has vivido fuera, ¿te has relacionado con personas de ese país o con otros extranjeros? ¿Qué te han aportado?

R: Por mi trabajo, me he relacionado con muchas personas de nacionalidades distintas casi a ritmo diario y eso me ha aportado muchísimo: conocer distintos humores, acentos, costumbres, filosofías… Se le podría llamar ‘la universidad de la vida’.

¿Cuál fue tu primera experiencia viviendo en el extranjero? ¿Qué fue lo que más te costó?

R: Curiosamente la ciudad de París, que queda mucho más cercana a mi ciudad natal que Nueva York, me hizo sentir muy sola y alejada. Me costó adaptarme y relacionarme con los parisinos, por eso marché muy pronto probando otras tierras: las norteamericanas, que me adoptaron de una forma mucho más amable.