Llevo tres años viviendo en Holanda y ya me ha dado tiempo de escribir una novela y de ver marcharse a muchos extranjeros porque esto “no era lo que esperaban”. Pero… ¿qué esperaban? ¿Cómo se habían imaginado la experiencia? Y, lo más importante: ¿en qué se habían basado para crear esa imagen?

Proyectar es bueno, normal, necesario. Es la gasolina del viaje. Imaginarse allí haciendo aquello con aquella gente es lo que te empuja a cerrar la maleta y largarte. Pero ser un poco realista a la hora de plantear el camino puede evitar accidentes. No es cuestión de amordazar a la ilusión, pero sí de ser conscientes de que no va a ser una peli de los 90. Como mucho, se parecerá un poco a Lost: con varias temporadas, giros inesperados, capítulos de calidad oscilante y un final que no estará a la altura de lo esperado. Tranquila: igual que con que la serie, al menos la experiencia habrá valido la pena.

He aquí algunos ejemplos de colisiones entre expectativas y realidad. “Mudarse a otro país es divertido”. Sí, lo es, si te gustan las emociones fuertes. Emigrar es como montar en el Dragon Khan. Subes feliz, con una sonrisa de oreja a oreja y, mientras el vagón trepa despacito por la primera cuesta, tú, tus nervios y tus ganas disfrutáis de las vistas. Ahí aún estás anestesiada por la euforia. En realidad, todo eso dura poco tiempo, pero es tan dulce y placentero que tu cerebro (que es más listo que tú) lo expande al máximo en el recuerdo.

Entonces llega la primera bajada. Te ríes, gritas, estabas esperando que llegara. Pero te das cuenta de que es un poco más rápida, un poco más fuerte, un poco más brusca de lo que esperabas. Luego, se te empieza a hacer larga. En el segundo loop piensas: bueno, suficiente, ya no tiene gracia. Lo único que puedes hacer es agarrarte fuerte y esperar a que pase. Y lo hace. Por fin, el vagón frena. Cuando te bajas de él, te tiemblan las piernas pero te sientes orgullosa: acabas de superar la primera etapa en la vida del expatriado.

Otro ejemplo: “mudarse a otro país hoy en día es cómodo y fácil”. Lo primero es mentira, lo segundo dependerá de ti. Todo se basa en interiorizar que, cuando llegues, serás una guiri: esa que no entiende, que se equivoca, que lo hace todo al revés. Lo preguntarás todo dos veces y, aún así, seguirás sin acertar. Las cosas difíciles de hoy serán fáciles comparadas con las de mañana, porque durante una temporada, vivirás cada día como en un videojuego y avanzarás por pantallas.

Pero tranquilo, después de enfrentarte a algún que otro monstruo, recibirás tu primera recompensa de realidad: una ración titánica de satisfacción personal. Un cóctel de orgullo, fortaleza y seguridad en ti mismo extremadamente difícil de sentir en tu lugar de origen

Una más: “las diferencias no son un problema”. Cierto, pero a medias. Un cuadrado no cabe en un triángulo, ¿verdad? Pues, para encajar en otro país, hay que estar dispuesto a adaptarse. Hay que querer bailar al ritmo de la nueva ciudad. Y ojo con comparar. En la medida justa, te hace sentir Hannah Montana con su best of both worlds pero, si te pasas, se transforma en un vicio contraproducente y autodestructivo, sobre todo, en los días más bajos (que, por cierto, vienen en el pack, siempre). Sí , es cierto: llueve más, se come peor, todo es más caro. Pero no te has ido de vacaciones de verano. Así que, si no te quieres poner palos en las ruedas, ayúdate y compara enfocándote en lo bueno. ¡Ah! Y si eres de los que cree que todo se hace mejor en tu casa, no te vayas. No funcionará.

Del viaje entre las expectativas y la realidad es, precisamente, de lo que trata la novela que he escrito durante mi propio “viaje”. A Júlia, la protagonista de “Tiempo de Breitner”, le toca empezar de cero en muchos aspectos de su vida, también en el de mudarse al extranjero, y como a casi todos los treintañeros, las expectativas le juegan más de una mala pasada. Si queréis, podéis acompañarla en su viaje. O, quizás, puede ser ella quien os acompañe en el vuestro.

Sea como sea, ¡feliz trayecto!

 

Belén C.Díaz vive en Utrecht (Holanda) desde hace tres años y es autora de la novela Tiempo de Breitner