Ayer el mundo entero amaneció con caras de sorpresa, asombro… incredulidad. Donald Trump es el 45º presidente de los Estados Unidos, la primera potencia mundial. En Europa y en el mundo entero la gente no se podía creer que una figura como la del magnate norteamericano haya logrado entrar en el despacho oval. Las redes, los medios… todos sorprendidos y hasta asustados por este resultado electoral en uno de los países más influyentes del mundo.

Pero no en el Midwest. No en Indiana. Aquí el ambiente ayer era distinto

Vivir alejada de las costas y de las grandes ciudades te enseña una América desconocida para muchos, pero una América que existe y que es real. Se trata de un país en el que hay pequeñas poblaciones, grandes extensiones, industria, agricultura. Un país en crisis donde también vive una mayoría blanca, de familias numerosas, conservadora, religiosa, orgullosa de su país, de sus derechos y libertades, de las armas con las que se sienten protegidos.

Una mayoría con unos valores incompatibles con las uniones homosexuales, la transexualidad o con el aborto y que no tolera las mentiras de sus dirigentes. Son ciudadanos cansados de ver cómo su nivel de vida no mejora, enfadados con su clase política, con las élites que les dan la espalda. Son esa mayoría que padece sobrepeso, malnutrición, diabetes, hipertensión y que tiene un acceso limitado a la sanidad. Una mayoría para la que la educación de sus hijos es la mayor inversión de sus vidas. Y también se trata de una mayoría que no tiene pasaporte y que no viaja, ni dentro ni fuera de su país.

Podríamos hablar ahora también de la otra América, pero esa no creo que haya votado al candidato republicano.

No es fácil de entender, pero a mí, viviendo en Indiana, no me sorprende que Donald Trump haya vencido a Hillary Clinton en las últimas elecciones estadounidenses.

 

Estela es intérprete de conferencias. Desde hace un año vive a caballo entre Indiana y España y es autora del blog “Dos Mundos, Una vida