—No sé qué me ha pasado. No te ofendas, pero a veces una se siente más libre de hablarle a un extraño que a la gente que conoce. ¿Por qué será? Me encogí de hombros.
—Probablemente porque un extraño nos ve como somos, no como quiere creer que somos.

“La sombra del viento”, Carlos Ruiz Zafón

 

Este mensaje es para aquellos férreos defensores de lo exótico y lo cosmopolita, para aquellos que disfrutan de lo foráneo y presumen de soñar en un idioma extranjero. Este mensaje es para aquellos que no se acuerdan de la última novela que leyeron en español, para aquellos que alardean de vivir fuera y de no mezclarse con hispanohablantes, es para aquellos que no soportan ver una película doblada si la pueden ver en versión original. Este mensaje es, a fin de cuentas y en cierto sentido, para mí misma.

Las experiencias en ultramar son espléndidas, no cabe duda de ello. Nos enseñan, nos deleitan y nos permiten ver las cosas desde otra perspectiva. Pero a veces parece que lo llevamos a un extremo que a mí me parece innecesario. Colgar una bandera española, exceptuando temporadas futbolísticas, no está bien visto. Juntarse con españoles cuando te mudas a un país extranjero no está bien visto. No aprovechar al máximo la oferta culinaria del país que te acoge no está bien visto. Pues bien, sin ir más lejos, hace unos días me encontré dándole una patada de esas que duelen a todo ese esnobismo absurdo que en algún momento se apodera de nosotros sin darnos cuenta.

Sin comerlo ni beberlo (aunque comer, comí mucho, y beber, también), me encontré a un domingo a diez mil kilómetros de casa, rodeada de una treintena de españoles, haciendo lo que mejor se nos da: disfrutar de la sobremesa. En un alarde de exaltación por la patria, nos armamos de un aperitivo digno del dominguero más español (o del español más dominguero), en el que no podía faltar una ensaladilla rusa, unas aceitunas, un queso manchego que hablaba de tú al paladar, y, cómo no, una magnífica paella que era como para relamerse el carné de identidad que Kiko, nuestro cocinero particular experto en el plato levantino, muy amablemente cocinó para todos los comensales.

Esa treintena de españoles que nos habíamos convocado no éramos, ni mucho menos, amigos de toda la vida. De hecho, hasta hacía relativamente poco, habíamos sido completos desconocidos
No compartíamos ciudad, ni estilo, ni siquiera rango de edad. Cada uno venía de un rincón de la península, cada uno de su padre y de su madre, cada uno de una quinta.

Probablemente muchos de nosotros no habríamos intercambiado más de un par de palabras de haber estado más cerca de nuestra zona de confort. Y, sin embargo, resultó que esa reunión se había convertido en lo más parecido a una reunión familiar de domingo que había tenido en mucho tiempo. ¿Era la ensaladilla rusa? ¿Era la paella? No. Era sin duda ese evento social que los españoles somos expertos en montar con la simple excusa de comer. Era descubrir que ser español no es solamente compartir el color del pasaporte. Era ver que un domingo de paella solo lo entendemos nosotros. Horas y horas pasamos alrededor de una mesa, comiendo, bebiendo y hablando. Horas y horas pasamos con un grupo de personas que ya habían dejado de ser extraños y que hacían las veces de una familia que, por desgracia, nos queda demasiado lejos. Horas y horas en las que me sentí como en casa.

Este mensaje es, en resumen, para recordar(me) lo bien que sienta a veces volver a las raíces y arrejuntarse con los tuyos.

 

Paola Pascual trabaja como profesora de inglés y vive en Saigon desde febrero de 2016, después de viajar durante seis meses por el sureste asiático. Previamente, ha vivido también en Estados Unidos y en Bélgica.