Tailandia es un país cómodo para un extranjero. Es un buen punto de partida para comenzar a conocer la región, además de seguro y económico para los estándares europeos. En el día a día sin embargo hay que evitar los enfrentamientos directos y ejercer la autocensura (especialmente en las redes sociales).

Marc barajaba varias opciones para irse de España hace tres años. “Me dedico al desarrollo empresarial. En Europa el mercado está saturado y lógicamente trabajar en un mercado emergente era una opción muy atractiva. En un primer momento me planteé si elegir Latinoamérica o Asia. Me decidí por la segunda porque pensé que el cambio cultural también me beneficiaria en mi crecimiento personal. Me decanté por Tailandia, básicamente por referencias, preferencias y por sensaciones personales”, señala Marc.

El catalán explica que la calidad de vida en la capital (Bangkok) es “considerablemente buena” y es posible “alcanzar un estándar de vida alto a menos coste, y lo que es más importante: ahorrar, lo que la hace ideal para jóvenes y emprendedores”.

Aún así, hay cosas a las que no se ha acostumbrado. Una de ellas es la “parsimonia y despreocupación” de los tailandeses. Se lo toman todo con mucha calma y un “lo tengo para mañana” puede significar “de aquí a una semana”. Asegura por otro lado que le fascina la paciencia que llegan a tener, ya sea en las largas colas o en los atascos de tráfico, donde pueden quedarse horas sin poder mover el coche y ni rechistan ni tocan la bocina.

Marc se muestra también sorprendido con la “falta de perfeccionismo”. Cuenta que la semana pasada acabaron la calle de su casa y ahora parece vieja “como si tuviera 20 años”. “Supongo que influye el presupuesto, pero a pesar de las dificultades, los tailandeses son gente mucho más agradecida a la vida que los españoles, se palpa en el ambiente. En general son mucho más generosos, amables y respetuosos”, asegura.

Ricardo llegó al Sudeste Asiático en 2014 para trabajar como periodista en una agencia de noticias y ha vivido tanto en Tailandia como en Camboya, ambos países de mayoría budista. Una de las fricciones culturales de su día a día es la actitud asiática de “no decir abiertamente lo que uno piensa” para evitar enfrentamientos directos. Los budistas evitan discutir, creen que daña la armonía de grupo y las relaciones.

Cuidado en las formas

En algunos países occidentales se valoran las críticas y las opiniones. Eso no siempre sucede en otros países asiáticos. Un jefe rara vez es cuestionado. La edad, el rango y el estatus social cuenta y todos creen conocer su lugar. Una negación a una invitación siempre se hace con sutileza.

Esto lo conoce bien Guillermo, quien lleva cuatro años en Tailandia trabajando como chef. “Si gritas a un tailandés por algún motivo en la cocina, probablemente al día siguiente esté tan ofendido que no aparezca en el trabajo. Hay que evitar también reprender a un superior delante de los compañeros porque eso les haría perder la cara”.

Guillermo cuenta que en la cocina ha tenido que enfrentarse también alguna vez “a los fantasmas” en este país donde la superstición y los espíritus forman parte de la cultura popular. “Un día me encontré la cocina completamente vacía. No había nadie, ni siquiera fuera fumando un cigarrillo en la entrada. Subí dos plantas más arriba donde dos de los cocineros estaban envasando unos productos al vacío (una actividad que suele realizar uno solo). Les pregunté por qué lo hacían en parejas y me dijeron que habían fantasmas. Llamaron a los monjes para que vinieran a bendecir la cocina”.

El viñetista Omar explica, por otro lado, no llegar a acostumbrarse a la “falta de libertad de expresión”. Tailandia cuenta con una de las leyes más draconianas de lesa majestad haciendo imposible cualquier discusión sobre el papel de la familia real, pero los últimos años se ha utilizado también para silenciar a los opositores.

En virtud del artículo 112 las personas acusadas por “difamar, insultar o amenazar al rey, la reina, el heredero o los regentes” está penado con hasta 15 años de prisión, pero no especifica lo que puede constituir una ofensa y se interpreta caso por caso.

Las penas por lesa majestad son acumulativas. Una de la más largas que se conocen es la de Pongsak que cumplirá 30 años por difamar a la monarquía en unos comentarios de Facebook. El tribunal en primer lugar le condenó a 60 años por publicar seis fotografías con comentarios y recibió una pena de 10 años por cada uno. El juez rebajó la pena a la mitad después de que se declarara culpable de los cargos. Citar una ofensa que ha dicho una tercera persona también se considera un delito.