El proceso de emigrar, con todas las fases que éste conlleva, se suele convertir en todo un reto para el que se va, pero también para el entorno más cercano. Entre los allegados, los que suelen vivirlo con más intensidad son los padres del emigrante. Viven esta nueva etapa de sus hijos como una aventura propia. La viven a través de ellos.

Sin embargo, cuando los hijos ya se han trasladado a otro país y los padres empiezan a ser conscientes de ello una vez pasada la emoción y nervios iniciales, la cosa se puede complicar. Allí es cuando a veces comienza lo que los psicólogos llaman “el síndrome del nido vacío”. Es un momento muy importante para los padres, en el que tienen que “aceptar que sus hijos ya se han ido de casa pero, sobre todo, que están a muchos kilómetros de distancia”, asegura Aminta Acosta, psicóloga especializada en emigración.

“Las sensaciones que experimentan los padres suelen ser contradictorias”, explica Aminta. “Por un lado suele aparecer alegría por las oportunidades que se les presentan a los hijos y por el otro miedo a perder el contacto o distanciarse”.

Hace casi tres años que la hija de Luisa se fue a vivir a Bélgica. Dejó España para abrirse nuevas oportunidades profesionales y porque tenía muchas ganas de irse al extranjero, por lo que Luisa lo aceptó sin reparos. “Ya me he acostumbrado. Al principio, como veía que le hacía mucha ilusión, lo entendí y me gustaba verla contenta”, explica sobre los inicios de esta etapa. “Luego pasa el tiempo y la añoras, pero también entiendes que si está bien es lo mejor”.

Mejora en la comunicación

Cada caso depende de la estructura familiar y de la relación entre padres e hijos, pero lo que sí es cierto es que muchas veces la relación mejora o se hace más sincera cuando los hijos viven fuera. “Creo que viviendo lejos la gente se comunica mucho más que cuando está cerca. Con mi hija tenemos más ganas de comunicarnos y hablamos casi cada día de manera habitual, algo que cuando estaba en casa no hacíamos tanto”, explica Magda, cuya hija hace casi dos años que se fue a vivir a Santiago de Chile.

En la comunicación a distancia hay muchas fórmulas que cada uno aplicará según su situación personal, pero algunos padres aseguran que sobre todo Whatsapp -más que Skype- se ha convertido en su herramienta de comunicación predilecta. “Es mucho más fácil, nos vamos mandando mensajes de voz o directamente nos llamamos por Whatsapp”, explica Magda. “Con Skype nos sentíamos un poco prisioneras, como si tuviéramos que dedicar toda esa hora a la persona… nunca encontrabas el momento y era menos ágil la comunicación”, señala.

En cuanto a la frecuencia del contacto, se trata de algo muy personal. Luisa habla con su hija en Bélgica el menos una vez por semana por Skype o por teléfono y el Whatsapp lo utilizan casi a diario. “Verla por la cámara en realidad no es tan importante, siempre es agradable, pero sobre todo lo que me gusta es oír su voz, porque con el tono ya se si está bien, mal, triste, animada…”, explica Luisa.

Según Aminta, lo que es importante es no imponer horarios, no presionar a los hijos y no sentirte, como padre, ofendido si en algún momento tu hijo no puede atenderte. “Si fuerzas u obligas a mantener un contacto frecuente, el efecto suele ser el contrario al deseado”, comenta la psicóloga.

Depende de las distancias

Otro factor que influye mucho en la relación padre-hijo en la distancia es el lugar al que se ha ido a vivir el hijo. No es lo mismo irse a vivir a una capital europea que tiene una conexión fácil en avión a España, que irse a vivir a una ciudad en América Latina. La cercanía con España suele permitir que el contacto físico y la frecuencia de visitas sea mucho mayor. “Creo que si mi hija estuviese en otro continente lo llevaría mucho peor”, cuenta Luisa, sobre la situación de su hija en Bruselas.

Magda tiene a su hija en Chile pero ve esta distancia más como una oportunidad que como un obstáculo. “A raíz de esto, mi marido y yo hemos ido un par de veces ya a Sudamérica, la última vez estuvimos allí un mes con nuestra hija”, explica, “es algo que nunca pensé que haría”, apunta. A Magda le encanta viajar y estos viajes para ver a su hija son “una oportunidad de crecimiento personal tanto para ella como para nosotros y son momentos que nos unen mucho”, añade.

Estar tan lejos también es una oportunidad para que los padres vuelvan a centrarse en ellos mismos, “a priorizarse”, explica Aminta. “Es una oportunidad para ver que la vida no tiene que estar centrada en tus hijos, es el momento de volver a poner el foco en ti mismo, tus intereses, tu relación de pareja…”, añade la psicóloga.

Aquí van algunos consejos prácticos que Aminta Acosta, psicóloga de expatriados, recomienda a los padres que tengan a sus hijos en el extranjero:

  • Intenta informarte bien del destino en el que vive tu hijo y entender lo mejor posible su nuevo trabajo y su día a día. Esto te ayudará a empatizar mucho más con él, a que la comunicación sea más fácil y fluida y a que no se generen barreras por el desconocimiento.
  • Procura que la comunicación sea más o menos frecuente, pero no fuerces a que ésta sea diaria. Es importante dejarles su espacio, no agobiarles y sobre todo no proyectar tus propios miedos sobre ellos.
  • Intenta expresar tus emociones en la comunicación con tu hijo o hija. Es importante decir las cosas que uno siente y no poner barreras, para evitar que la relación se enfríe. Recuerda que la complicidad no tiene por qué perderse y que la distancia no es una barrera en este sentido.
  • Observa el lado positivo y aprovecha la marcha de tu hijo para darte más prioridad a ti mismo, tus intereses e inquietudes.
  • Tómalo todo como un constante aprendizaje y una manera de superarte a ti mismo: es una oportunidad para aprender a usar mejor las nuevas tecnologías y es también una oportunidad para conocer el estilo de vida y la cultura de otro país.