Necesito que los domingos no sean tristes, ni los miércoles el día del espectador. Quiero que lo único importante sea pensar en qué hacer en cada momento: dónde dormir cada día, cuánto me puedo ahorrar comiendo, cómo puedo llegar a la siguiente ciudad, qué me espera al bajarme del siguiente autobús, del siguiente barco, del siguiente tren. No me gusta volar, pero es el precio que tengo que pagar para que a partir de hoy cada día no sea un día cualquiera. Lo mejor de estar lejos de todo lo que conozco es saber que a cada paso que doy me espera algo totalmente nuevo. No tener un camino aprendido en el que me sé de memoria cada semáforo, cada tienda, cada esquina, hace que me fije en todo lo que me rodea, que esté alerta para no perderme nada. Es entonces cuando tengo la sensación de estar en un momento único y de que todo lo demás no importa.

 

Quien habla es Lucía Sánchez, una joven madrileña que un día decidió dar la vuelta al mundo junto a su pareja, Rubén Señor. El monólogo es un fragmento del cortometraje viral “El síndrome del eterno viajero”, que descifra con gran carga poética una sensación inefable, dolorosa y a la vez liberadora. Los autores la definen así:

“El síndrome del eterno viajero es la sensación de no estar a gusto en ningún sitio porque necesitas estar en otros. Es la ansiedad que sientes al pensar que nunca serás feliz en un solo lugar. Es una enfermedad… que te salva la vida”

Mientras que la inmensa mayoría de las personas siguen un camino con un patrón más o menos claro: estudios, carrera y/o trabajo, casa, familia, vejez; otros deciden vivir en constante movimiento y recorrer el mundo incansablemente. Ser viajeros se convierte en su estado vital. Aunque esta forma de vida es tan vieja como la humanidad, el abaratamiento de los medios de transporte y el creciente reconocimiento de esta opción de vida como cualquier otra, ha llevado a que hacer la vuelta al mundo ya no sea tan extraordinario. Jóvenes, viejos, solos, en grupo, en familia, a pie, en avión, en bici, en barco, en coche. El mundo está lleno de personas para las que nuestro planeta es demasiado grande y diverso como para poner el ancla en un solo mar.

El motor del viaje

Cuando Heinz Stücke se subió a su bicicleta en 1960 para recorrer el mundo, ser un trotamundos no era tan común como hoy, y menos sobre dos ruedas. A excepción de su breve regreso en 1962 a su pueblo natal, Hövelhof (Alemania), Heinz ha visitado durante más de cincuenta años sin pausa cada país del mundo. Ha estado en 195 países, recorrido más de 648.000 kilómetros y sellado más de 15 pasaportes. El libro Guinness de los Récords lo describió entre 1995 y 1998 como el hombre que más tiempo ha viajado en bicicleta de la historia. A los veinte años, tras terminar su formación profesional como constructor de herramientas y en busca de aventuras, Heinz se puso en marcha. Aunque su padre estaba en contra de su decisión y le dijo que no esperara de él ningún soporte económico, nada podía pararlo. Para él, viajar significa “conocer cosas de otros, conocerse, respetarse uno a otro y cuando es posible, construir amistades. Viajar puede contribuir a que en el futuro vivamos en paz”.

Eligió la bici como medio de transporte porque, según él, es una forma ideal de viajar barato, hacer deporte y ser libre. Montado en ella, se puede ver el mundo a cámara lenta y conocer sus paisajes y sus gentes, y sin embargo recorrer grandes distancias con cierta rapidez.

“Nunca me había planteado viajar durante tanto tiempo, pero poco a poco vi que no era suficiente atravesar un país en poco tiempo”

Así como muchos viajan huyendo de una vida que les disgusta o buscando algo en particular, por ejemplo conocer la flora tropical, escalar las mejores montañas o aprender otro idioma, Heinz se abrió a todo lo que llegara sin buscar nada muy concreto: “No estaba buscando el mejor país, donde poder establecerme. Tampoco algo particular, como el alpinista busca la cima o el surfista su ola. Cada país tiene sus ventajas y desventajas. En su originalidad me han gustado todos los países. Intento mantener los ojos abiertos y siempre  procuro comprender lo que se pone en mi camino. Conduzco a través de un país con una actitud positiva y espero lo mismo de la sociedad que me rodea”.

Natalie Chard (24) también tiene, como Heinz, una necesidad por ahora irrefrenable de viajar. Ella no encontró la inspiración en los libros, sino en el entorno en el que creció. “He tenido la suerte de crecer en un entorno en el que se me ha permitido tener grandes sueños y hacer lo que deseara. Desde una edad temprana siempre me han animado a viajar. Muchos padres presionan a sus hijos preguntándoles, ¿cuándo te vas a casar?, ¿cuándo conseguirás un buen empleo? Siempre comprobando que se cumplan estos pilares. Yo siento que tengo libertad total y esto me ha permitido sentir que esta es una forma de vida posible y legítima. No estoy decepcionando a nadie, siento que estoy haciendo lo que debo“.

Natalie se fue a vivir hace dos años a Tailandia. Trabajó en la primera etapa para ahorrar y viajó los últimos seis meses. Su próximo destino es Corea, donde de nuevo ofrecerá clases de inglés en una escuela para ahorrar y continuar su viaje por Sudamérica. “Me convertí en profesora de inglés porque me permite viajar y trabajar al mismo tiempo. Siento que vivir en Inglaterra toda mi vida no me permitiría vivir tantas experiencias en lugares diferentes. El mundo es tan grande, ¿por qué quedarse en un sólo lugar? Creo que debe ser el Wanderlust, lo que siempre me impulsa a viajar”. La inglesa anda en busca de algo que no haya experimentado todavía, un lugar donde aun no haya estado. Se enamoró de Tailandia pero siente que ya ha descifrado gran parte de los enigmas que al principio le parecían extraños y difíciles de resolver. “De alguna manera es como un puzle. Llegas sabiendo que vas a estar muy incómoda. Y luego comienzas a sentir cómo nace en ti una naturalidad que va aumentando a medida que pasa el tiempo. Pero al sentirte más cómodo surge algo de aburrimiento. Tal vez soy adicta a la sensación de estar inestable. Este sentimiento de incomodidad es un reto, un buen reto. Un sentimiento hermoso de incomodidad”. Y es que vivir fuera cambia la manera de viajar: lejos del turismo de ‘check&done‘, hay un intento por profundizar en la cultura.

La energía generada y el aceite perdido

Heinz renunció a carrera, casarse y formar una familia y, al no haber cotizado nunca en Alemania, depende de muchos amigos y admiradores para pagar su renta. Aunque es consciente de haber renunciado a todo esto, nunca echó de menos su hogar, su curiosidad le empujó durante más de cincuenta años a seguir viajando. Durante ese tiempo sólo llamó unas pocas veces a casa y envió algunas cartas. Además de que Heinz comenzó su viaje en otro tiempo en el que no era posible estar siempre conectado ni tan fácil mantener relaciones virtualmente, para él su hogar siempre estuvo en cualquier otro lugar: “Nunca sentí nostalgia. Nunca me cansé de viajar, a pesar de que a veces echaba de menos la comodidad de tener un hogar. Pero hubo muchas pausas, y después de largos trayectos siempre encontraba nuevos hogares en casas de personas que me invitaban a quedarme un tiempo en sus vidas”.

Hoy es mucho más difícil estar desconectado y aislarse completamente de nuestra vida anterior, incluso estando a miles de kilómetros de distancia. Lucía Sánchez describe en “El síndrome del viajero” la paradoja que a ella le ha ocurrido en su viaje por el mundo: “Vivo en un estado de contradicción constante. Cuando estoy en Madrid hago todo lo posible para desconectar de todo lo que me rodea: del trabajo, de la gente, de lo que pasa. Y ahora que estoy aquí, me gusta estar conectada. Saber qué pasa allí y a cambio contar lo que hago aquí. Es curioso pero hablo más con mis amigos estando a 10.000 kilómetros de distancia que a solo dos manzanas”.

A Natalie, pese a tener hoy la opción de contactar con su círculo más cercano a diario, el miedo de perder a personas importantes en su vida la atemorizaba mucho antes de partir. Sabía que iba a estar mucho tiempo fuera y asumía que el precio a pagar por sus ansias de conocer el mundo podría conllevar perder muchas relaciones. Pero volver de vez en cuando la ha ayudado a ver las cosas desde otra perspectiva. “Cuando vuelves ves quiénes son tus amigos de verdad. Crecí junto a mucha gente en la escuela y la universidad. También conocía a mucha gente con la que salía a divertirme. Cuando volví, no creé contacto con ellos. Cuando viajas pierdes a muchas personas en tu vida, pero no creo que esto sea necesariamente algo malo. Aunque por supuesto, no puedes ver a la gente que quieres tan a menudo, tienes que apañártelas con Skype o mensajes y el tiempo con ellos es corto”.

141-explorador

Natalie tuvo la suerte de encontrar en Tailandia a alguien que quiere vivir del mismo modo que ella, y que hoy es su compañera de viaje. Consciente de que no quería renunciar a esta forma de vida, tuvo que dejar en Manchester su relación con una chica que tenía claro que quería hacer carrera y construir su futuro en la ciudad. Explica que es muy común en la cultura británica tener unas expectativas muy claras en la vida: “Muchos piensan que con 25 tienen que tener un buen trabajo, con 27 comprarse un piso y con 3o estar casados. Tienen estas extrañas fechas límite en sus cabezas, que la sociedad les ha inculcado. Sin embargo, noto que muchos jóvenes se están liberando al darse cuenta de que no quieren estar sentados en la misma oficina el resto de sus vidas”.

Igual que lo hizo Heinz, Natalie también sueña con estar en cada país del mundo. Sin embargo, le gusta combinar los viajes con largas temporadas estables en un país, para ahorrar y echar algunas raíces
Pero “es difícil desarrollar nuevas habilidades cuando te mueves constantemente, porque no tienes tiempo de estabilizarte, el dinero para invertir en cosas, la gente a tu alrededor con la que puedes hacer cosas y crecer juntos. Me gusta vivir y viajar”, reconoce. Estar siempre en movimiento tampoco le hubiera permitido cumplir uno de sus grandes sueños: bailar en un grupo de hip hop. En una fiesta en Bangkok conoció a un chico que quería hacer lo mismo. Buscaron a otra gente, alquilaron un estudio y comenzaron a reunirse semanalmente para practicar hasta ser suficientemente buenos. Su trabajo dio sus frutos: los invitaron a clubes para bailar e incluso les pagaron por actuar. Y es que el viajero generoso y con conciencia global, también piensa en el impacto (cultural, económico, medioamniental…) que deja su visita en un país. No en vano, la ONU advirtió recientemente de la necesidad de promover un tipo de turismo más sostenible para proteger el clima y la vida.

“Me gusta esta cultura de los expats cuando están fuera de casa. Te sientes menos juzgado y puedes ser como quieras ser, porque tus acciones no deben cuadrar con las ideas preconcebidas que tus amigos y familia tienen de ti. En general, en Bangkok tuve la sensación de que la gente estaba más dispuesta a tomar riesgos y explorar partes de ellos mismos sin miedo. No puedo imaginar que algo así hubiera pasado en mi ciudad natal”.